Antonio Mercader
Antonio Mercader

La injerencia de USA

Aunque siempre es positiva una reunión con el líder de la mayor potencia mundial, la de mañana entre José Mujica y Barack Obama puede verse como una injerencia del gobierno de Estados Unidos en nuestra campaña electoral. Obama tuvo 4 años para recibir a Mujica, pero lo hace ahora cuando el presidente uruguayo viene de anunciar que encabezará la lista al Senado de su sector. Un Mujica que además de ser candidato no cesa de hacer política partidaria como lo prueban sus dichos en pro de la postulación a vicepresidenta de su esposa.

Aunque siempre es positiva una reunión con el líder de la mayor potencia mundial, la de mañana entre José Mujica y Barack Obama puede verse como una injerencia del gobierno de Estados Unidos en nuestra campaña electoral. Obama tuvo 4 años para recibir a Mujica, pero lo hace ahora cuando el presidente uruguayo viene de anunciar que encabezará la lista al Senado de su sector. Un Mujica que además de ser candidato no cesa de hacer política partidaria como lo prueban sus dichos en pro de la postulación a vicepresidenta de su esposa.

A ese Mujica candidato es el que Obama recibirá mañana. Lo llama por su urgencia en colocar aquí a presos de Guantánamo y crear el precedente para que otros países latinoamericanos acepten similares envíos. Un toma y daca en donde el presidente uruguayo se saca las ganas de entrar en la Casa Blanca con foto incluida y cámaras del cineasta Kusturica en tanto el estadounidense busca resolver un enredo.
Así, Obama confirma que la política exterior y la diplomacia no son sus fuertes, algo evidente apenas se observan sus frágiles acciones ante las crisis de Siria y Ucrania. La tradición de la Casa Blanca apuntó siempre a evitar que las reuniones cumbre pudieran interferir en procesos electorales ajenos. Más de un presidente sudamericano padeció y se quejó por esa restricción de visitas a Washington durante las campañas electorales.

Si Obama rompe la regla mañana con Mujica es porque necesita a América Latina, una región con la que había prometido cerrar “un nuevo trato” para el cual no dio ni un solo paso. Hoy la concibe como tierra de asilo para los detenidos en Guantánamo, una prisión que hace 6 años prometió cerrar y que sigue abierta. Ahora le pide ayuda.

Rápido como la luz Mujica acudió al llamado. Podrá decirse que hizo bien, que una entrevista del presidente uruguayo con su colega estadounidense siempre es buena para nuestro país. Tal vez, pero en este caso es inoportuna porque ocurre en plena campaña electoral. El propio Mujica es consciente de ello. Tanto que en un momento de sus idas y venidas respecto a este viaje admitió que se lo podía tachar de inconveniente por la cercanía de las elecciones.

Algo notable del episodio es el silencio de la izquierda por esta cruzada hacia el corazón del “imperio yanqui”. Es cierto que Mujica atajó posibles reproches con su extensa lista de eventuales beneficios y posibles peticiones a Obama (últimamente hasta se habló de incluir un descabellado SOS para enfrentar a Philip Morris). En eso se le fue la mano como también se le fue cuando calificó al ocupante de la Casa Blanca como víctima de una oposición derechista y reaccionaria que no lo deja hacer nada por su condición de advenedizo y hasta por el color de su piel.

Son comentarios intragables. Obama es un político formado en la turbulenta Chicago, hombre cercano a la no tan pura dinastía Daley que gobernó a esa ciudad por décadas. Un político hecho y derecho que llegó a la presidencia apoyado por la maquinaria del partido Demócrata; no un afroamericano desvalido como Mujica lo describe quizás para despegar su imagen de la caricatura del malvado Tío Sam difundida por sus correligionarios.

Lo menos que puede esperarse es que Mujica no caiga mañana en ese tipo de retórica ni aproveche “la bocina” —así la llamó— que le brinda Obama para hacer política partidaria desde Washington. Sería lamentable.

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