Antonio Mercader
Antonio Mercader

La dictadura de las minorías

Es sabido que en ciertos gremios una minoría activa es la que resuelve ir a la huelga en tanto una mayoría silenciosa los desaprueba pero no se organiza ni se expresa en modo alguno.

Es sabido que en ciertos gremios una minoría activa es la que resuelve ir a la huelga en tanto una mayoría silenciosa los desaprueba pero no se organiza ni se expresa en modo alguno.

Es cierto que las asambleas citadas en horarios imposibles, manejadas por mañosos oradores y con eternos cuartos intermedios, desaniman al más voluntarioso que al final delega en militantes profesionales decisiones graves como suspender las clases o paralizar el país. Militantes que resuelven en nombre de todos aunque carezcan de representatividad.

Esa falta de representatividad se confirmó en la reciente huelga docente en donde fue grande el desacato a la decisión de parar. Según la directora de Secundaria, Celsa Puente, solo el 22% de los profesores de Montevideo y Canelones se plegó a la huelga mientras que en varios departamentos del Interior prácticamente no pararon. En el caso de los maestros el acatamiento a las medidas en todo el país promedió un 50%.

Si bien estos porcentajes no restan gravedad a la distorsión en la enseñanza pública del mes pasado, muestran el descrédito de sindicalistas desmandados y politizados al extremo. Un descrédito que engloba también al Pit-Cnt cuyas medidas son rechazadas por tres de cada cuatro uruguayos según una encuesta de Cifra. Otra encuesta, la de Equipos, muestra que apenas el 17% de los trabajadores adhirió de veras al paro general del 6 de agosto, que el 50% trabajó y que un 27% hubiera querido hacerlo pero no pudo por falta de transporte.

Ante tales datos cabe preguntar cómo es posible que con esa baja adhesión el sindicalismo radical tan en boga en estos días genere los perjuicios, el desorden y la confusión que acabamos de ver en el caso de la educación. La respuesta radica en la actitud de la gente y en todos aquellos que, afiliados o no a un gremio, callan y se dejan llevar de la nariz por un puñado de activistas capaces de “dar vuelta una asamblea” con un discurso, como reconocía hace poco refiriéndose a Juan Castillo con un dejo de admiración la ministra de Educación y Cultura, María Julia Muñoz.

Pasando por alto este gazapo ministerial lo grave es la delegación que las mayorías silenciosas hacen a favor de las minorías. Una delegación en la que medran los oradores mágicos y unas mesas expertas en manipular asambleas, capaces de urdir todo tipo de maniobras para imponer su voluntad. Una voluntad que no puede tildarse de antidemocrática pues las reglas se respetan en teoría aunque transformen la posición de unos pocos en la de todos. Por defecto, por omisión, la real voluntad de la mayoría carece de expresión como pasó, según datos de Puente, con casi cuatro quintos de los profesores liceales que no adhirieron al paro.

Si esos cuatro quintos hubieran votado se habría evitado la huelga. Se necesita la militancia de las mayorías.

Por suerte, atisbos de resistencia y señales de hartazgo asomaron en el conflicto de la enseñanza por parte de quienes renunciaron a la pasividad. Esa fue la postura, por ejemplo, de miembros de la Corriente Gremial Universitaria, CGU, que se movilizaron en 18 de Julio contra la ocupación de la sede central de la Udelar decretada por un puñado de funcionarios que dejaron sin clase a cientos de estudiantes de Derecho. Unos pocos perjudicando a muchos. Hay que terminar con eso.

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