Antonio Mercader
Antonio Mercader

El día que Trump mostró la hilacha

Aunque Uruguay es un país bastante obsesionado con su pasado parece difícil que algún día llegue al extremo que hoy padece Estados Unidos con su actual querella de las imágenes. Los íconos polémicos son los de la Guerra de la Secesión (1860-1865) que concluyó con el triunfo del Norte sobre los confederados sureños. Derrotados, los Estados del Sur honran a sus héroes con estatuas que ahora están siendo retiradas porque se dice que representan a defensores de la esclavitud.

Aunque Uruguay es un país bastante obsesionado con su pasado parece difícil que algún día llegue al extremo que hoy padece Estados Unidos con su actual querella de las imágenes. Los íconos polémicos son los de la Guerra de la Secesión (1860-1865) que concluyó con el triunfo del Norte sobre los confederados sureños. Derrotados, los Estados del Sur honran a sus héroes con estatuas que ahora están siendo retiradas porque se dice que representan a defensores de la esclavitud.

El retiro de una estatua del jefe militar confederado, general Robert Lee, causó en Virginia una reyerta entre partidarios de excluir su imagen y fuerzas de extrema derecha incluidos neonazis, “supremacistas” blancos y, créase o no, encapuchados militantes del Ku Klux Klan. En el choque murió una mujer y hubo heridos. Las fuerzas derechistas corearon consignas racistas, en particular antisemitas. Donald Trump, mostrando la hilacha sin pudor, culpó a ambas partes por igual.

No haber condenado expresamente al KKK y a su desorbitada comparsa es quizás su peor error desde que llegó a la Casa Blanca. Ahora que es consciente de su metida de pata Trump acumula explicaciones para tratar de demostrar que no simpatiza con racistas y neonazis, pero no convence.

Es cierto que Trump pudo alegar que todo el debate es anacrónico y que el retiro masivo de estatuas confederadas que se cumple en estos días en varios Estados de la Unión es un acto de revisionismo inconducente, como podría serlo entre nosotros ponernos a discutir sobre el origen de la bala que mató a Aparicio Saravia en Masoller o la conveniencia de participar en la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay.

Trump pudo volver a decir que en tren de sacar estatuas de esclavistas habría que comenzar con las de George Washington y Thomas Jefferson que, hijos de su tiempo y de sus circunstancias, también fueron esclavistas, todo lo cual hubiera evidenciado la futilidad de la discusión. Pero en vez de insistir en el tema con argumentos de ese tipo y encarar el asunto con una amplitud de miras digna de un presidente, Trump se hundió otra vez en el barro al equiparar a ambas partes en pugna.

Olvidó que nada es equiparable a la pandilla de energúmenos que agitando banderas con esvásticas y haciendo el saludo nazi pretendieron reivindicar en Virginia a los santones sureños. En su intento de defenderlos o al menos de justificarlos, Trump perdió pie dentro de su propio partido como lo prueban las críticas de senadores, gobernadores y asesores presidenciales del sector privado que salieron a desmarcarse de la postura del presidente demasiado condescendiente con los extremistas. Si bien es cierto que el Partido Republicano estaba dominado por su ala más derechista incluso antes de que Trump apareciera en la escena, lo de Virginia acentuó su crisis y en definitiva la del gobierno.

Una crisis que se nota en los incesantes cambios en el equipo presidencial, en la recientemente lanzada campaña para “apoyar la agenda de Trump” y en esos cartelitos que se ven en las ventanas de los edificios de la capital estadounidense con una expresión opositora condensada en una palabra que es una exhortación a los ciudadanos que lo dice todo: “resist”.

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