Antonio Mercader
Antonio Mercader

Después del show de Mujica en USA

En política, particularmente en política internacional, lo sustancial suele ser invisible a los ojos. Al menos a los ojos de la prensa que estampa los titulares y del gran público que los consume sin hacerse preguntas. Prueba de ello es el viaje de José Mujica a Washington en donde se habló mucho de todo y poco de la real causa de su viaje: los presos de Guantánamo que vendrán para aquí.

En política, particularmente en política internacional, lo sustancial suele ser invisible a los ojos. Al menos a los ojos de la prensa que estampa los titulares y del gran público que los consume sin hacerse preguntas. Prueba de ello es el viaje de José Mujica a Washington en donde se habló mucho de todo y poco de la real causa de su viaje: los presos de Guantánamo que vendrán para aquí.

Recuerden: al mismo tiempo que se informó que Barack Obama recibiría a Mujica saltó la noticia de que vendrían los presos, un dato que impactó más que el anuncio de la reunión presidencial. Empero, si se mira la chorrera de notas y entrevistas de la gira de Mujica se ve que otros temas pasaron a primer plano: desde el tabaco y la carne de oveja con hueso hasta Cuba, Venezuela y el intercambio de docentes y estudiantes. De Guantánamo, poco. De cuántos, cuándo, cómo y en qué condición vendrán los presos, menos.

Curioso ¿no? Así de ambigua es la política internacional. Obama necesita que Uruguay haga punta acogiendo a esos presos y que otros países de la región lo imiten. Para eso Mujica sirve como líder regional. Sus credenciales de izquierda, incluido su pasado guerrillero, certifican que dista de ser un pro-yanqui. Si Mujica da refugio a esos islamistas Obama tendrá un buen precedente para mostrar a otros colegas y cumplir con su vieja promesa electoral de cerrar la cárcel.

Antes de partir Mujica advirtió que no haría las cosas gratis y que pasaría "la boleta". En este mundo cruel nadie da nada por nada. Por eso, además de la lista de pedidos era exigible un mínimo de pompa y circunstancia. Para empezar, la visita a la Casa Blanca en donde sin citar a Guantánamo, Mujica empezó hablando de las "madres latinas" que poblarán Estados Unidos de hispanoparlantes y terminó enviando un extraño saludo no al pueblo estadounidense sino a los agricultores. Obama le retribuyó al designarlo líder de la defensa de la democracia, exótica etiqueta para alguien con tan tormentoso pasado.

Su capacidad de sorprender -recurso clave en la carrera de Mujica- signó su estadía en Washington plagada de discursos y entrevistas. Allí filosofó a rienda suelta, con localismos que marearon a los traductores como por ejemplo en la Cámara de Comercio cuando en una suerte de crítica a la Universidad de la República dijo: "hay que salirse de 18 y Acevedo y apostar al Interior". Los ejecutivos yanquis quedaron en ayunas.

Eso no significa que sus discursos hayan disgustado a los locales que aplaudieron su show tan poco presidencial, su bohemia y el romanticismo pastoral de algunas de sus propuestas, rasgos que le dieron esa fama internacional celebrada por sus seguidores. Vendió la imagen del Uruguay exitoso, estable y pacífico aunque describió a sus compatriotas como haraganes, lo que provocó enojos y quejas de quienes desde aquí lo miramos por tevé. Y tampoco resistió a la tentación de meterse en política partidaria cuando ante cámaras proclamó a Vázquez como su seguro sucesor.

Ese era un riesgo que Obama tomó al invitar a Mujica este año: el de interferir en la campaña electoral uruguaya. Eso no le importó, ansioso por sacarse de encima a los islamistas de Guantánamo y endilgárselos a otros. Habrá que ver quiénes son y cuándo llegan con la esperanza de que estos nuevos refugiados, acusados de terrorismo, no nos metan en un lío como aquel de los etarras.

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