Antonio Mercader
Antonio Mercader

La culpa es de Vázquez

Por más que le reclamen a Tabaré Vázquez que cambie a algunos de sus ministros es improbable que lo haga, pero no por aquello de no darle el gusto a la oposición sino por instinto de conservación.

Por más que le reclamen a Tabaré Vázquez que cambie a algunos de sus ministros es improbable que lo haga, pero no por aquello de no darle el gusto a la oposición sino por instinto de conservación.

Es que Vázquez intuye que su imagen se erosiona menos en tanto los reclamos, las protestas y los caceroleos vayan más contra sus ministros, como sucede actualmente, y menos contra él.

Por eso no los cambia. Para Vázquez, que prometió bajar las rapiñas en un 30%, es mejor rechazarle la renuncia al ministro del Interior, Eduardo Bonomi, como acaba de hacer, y dejarlo como responsable de la ola de crímenes. El mismo papel cumple la ministra de Educación, María Julia Muñoz, quien recibe los dardos de la oposición -en particular los muy precisos de la diputada Graciela Bianchi- mientras la gente olvida la utópica promesa presidencial de lograr que en 2019 todos los jóvenes de 17 años estuvieren en el sistema educativo.

Algo similar pasa con Economía, en donde Danilo Astori carga las culpas por el ajuste fiscal. Al fin y al cabo el ministro es quien hace los anuncios, pone la otra mejilla para que lo cacheteen, y echa un camuflaje sobre el anuncio de campaña electoral que Vázquez hizo 15 días antes del balotaje. “No tenemos ni planificado, ni en el horizonte, ningún incremento de la carga impositiva a la población”, dijo.

Ni sus propios votantes recuerdan eso, pero se enojan con el ministro por la acuciante presión tributaria.

Otro que le salva la cara a Vázquez es el Frente Amplio al que la gente percibe como una confusa coalición de grupos políticos difícil de alinear en ciertos asuntos públicos y, por tanto, causante de yerros presidenciales.

Es el caso, por ejemplo, de la política exterior en donde se sabe que los radicales “obligan” al presidente a distanciarse peligrosamente de sus colegas de Argentina y Brasil por fidelidad a Venezuela y al indecoroso Maduro. Lo mismo con el TLC con Estados Unidos, aquel tren que pasaba una sola vez y que finalmente Vázquez dejó ir, pero eso sí: llorando a moco tendido en el andén.

También está el Pit-Cnt y sus gremios beligerantes, algunos de ellos insaciables en sus demandas. El sindicalismo desbocado que hasta decreta paros generales contra el gobierno de izquierda, es también otro blanco de la ira colectiva. Si 100.000 niños quedan sin clase porque una madre golpeó a una maestra la culpa es del gremio de maestros, una de las tantas corporaciones con mando. Si los gerentes del “Estadito paralelo” ganan 300.000 pesos por mes o pierden millones de dólares al año es porque sus superiores no los controlan. Y por si algo faltaba ahí está la herencia maldita de José Mujica, la madre de todos los males.

La culpa siempre es de otro, no del presidente.

Y así Vázquez la va llevando con discreción y gesto resignado. Es el presidente que quiere y no puede. Que quiere y no lo dejan. Que está mal rodeado. La imagen que transmite es que los malos de la película son sus ministros y colaboradores mientras él pone su tradicional cara de “yo no fui”. De ese modo el quinquenio va transcurriendo en tanto el país le pide a gritos al presidente que resuelva, ponga orden y se juegue la ropa en los actos de gobierno. Si no lo hace la culpa es suya, no de otros.

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