WASHINGTON BELTRAN STORACE
Comenzó el 2009, un año cargado de muchas expectativas y mayores incertidumbres, más allá de la carrera electoral que se desarrollará en el país con elecciones internas y más tarde nacionales. En 15 días, los Estados Unidos tendrán a Barack Obama instalado en la Casa Blanca y las miradas del mundo esperarán ansiosas los cambios que lleguen de la mano del carismático líder demócrata, mientras los mercados se sacuden en la peor crisis financiera en muchas décadas.
Originada en la mayor potencia del mundo y en un panorama fuertemente globalizado, su expansión fue vertiginosa y con un efecto multiplicador. Las principales economías del planeta se han visto seriamente afectadas, con estrepitosas caídas en sus orgullosos rubros diferenciales y los pronósticos dicen que aún lo peor no llegó.
A fuerza de dinero, inyectando liquidez en los mercados, las naciones fuertes han buscado capear el temporal, pero al mismo tiempo han buscado refugiarse en sus economías para detener la caída. Hay una tendencia a cerrar puertas para defenderse y en ese escenario los países medianos y pequeños, con escaso mercado doméstico, son los que corren mayores riesgos. El equipo del futuro presidente de Estados Unidos, por ejemplo, ha comenzado a barajar la posibilidad de no firmar los Tratados de Libre Comercio que tenían pendientes (Colombia, Corea) e incluso en no profundizar, o enlentecer, el anoréxico TIFA con Uruguay. Vaya paradoja, tuvimos la oportunidad de un TLC con Estados Unidos, el gobierno uruguayo lo despreció, elegimos la opción menor y ni siquiera la podremos concretar.
Perdimos una gran oportunidad de tener un seguro para los problemas que se vienen, porque la crisis global no va a hacer una excepción con Uruguay. No somos un bunker ni vivimos en una burbuja. Estamos integrados al mundo y además en el vecindario tenemos a países como Argentina y Brasil que tendrán también sus cimbronazos. Muchos mayores, sin lugar a dudas, el primero y con repercusiones directas en el país, en momentos en que las relaciones bilaterales están muy deterioradas.
Uruguay vivió en el 2002 una crisis gravísima, que primero la importamos y luego la agravamos. No hay dudas -y en eso son contestes todos los operadores políticos y económicos- que la situación no es la misma, que el país está en otra posición para enfrentarla. Pero algunas consecuencias tememos que sí serán similares.
La crisis del 2002 la soportaron y la sufrieron las empresas y los trabajadores del sector privado. Sobre todo estos últimos que vieron cómo se perdían su fuente de trabajo, cómo se reducían sus salarios y conocieron cómo se vive desde el seguro de desempleo.
Los públicos, en cambio, siguieron impertérritos cobrando sus salarios con sus aumentos puntuales, no tuvieron la amenaza (que muchas veces se concretaba) de perder sus puestos de trabajo y nunca se enteraron de la existencia de un seguro de desempleo.
Los miles que fueron a parar a los asentamientos que rodean Montevideo, no fueron precisamente egresados de las oficinas públicas. Fue el precio de una crisis que se descargó más salvaje sobre un sector de la población sin padrinos y sin capacidad de amenazar a la sociedad con una parálisis de sus servicios.
Ese dramático 20% al que subió la desocupación tuvo un origen común y fue la actividad privada. Empresas más grandes o más pequeñas cerraron sus puertas, otras aplicaron una fuerte reducción de personal, ajustes de todo tipo en los hogares, caída de la actividad comercial, más impuestos a los que aún sobrevivían en actividad, economía de guerra en lo que quedaba enhiesto.
Les guste o no lo les guste, esto fue así y sobre las espaldas de los privados y su sacrificio, el estado pagó los sueldos y los aumentos de sus funcionarios. Y el país salió adelante con el sector agropecuario como abanderado, que superó con enorme velocidad y disciplina el terrible azote de la aftosa y con el viento a favor de nuevos mercados (Estados Unidos) y un alza en la cotización de los productos, se empezó a remontar desde el abismo.
Bueno es recordar esto, porque con la crisis nuevamente en la puerta, el gobierno se apresta a designar una impresionante catarata de nuevos funcionarios, que al amparo del famoso "espacio fiscal" que reinaba cuando se aprobó la rendición de cuentas, esta administración pretende incorporar. Engordar más al gordo Estado, que los ciudadanos paguen más impuestos y la historia vuelva a repetirse.
El Presidente de la República ha instado a sus ministros a que presenten planes de contención del gasto. Ninguno, hasta ahora, ha propuesto suspender o demorar -por lo menos hasta que el panorama se aclare- el nutrido número de candidatos a funcionarios públicos. Seguramente piensan que eso significará rédito electoral.
El cálculo puede salirles mal cuando la sociedad tenga que empezar a pagar sus retribuciones. Más vale suspender los despilfarros y corregir rumbos antes de que llegue la tormenta.