Anibal Durán
Anibal Durán

La poltrona y la siesta

Llegará el momento en que todo el mundo hable todos los días de los temas más importantes y que más nos acucian, en vez de perder el tiempo en tanta cosa menor.
Por ejemplo sobre la reforma del Estado que prometió ser la madre de todas las reformas y no ha logrado “parir” nada revolucionario.

Llegará el momento en que todo el mundo hable todos los días de los temas más importantes y que más nos acucian, en vez de perder el tiempo en tanta cosa menor.
Por ejemplo sobre la reforma del Estado que prometió ser la madre de todas las reformas y no ha logrado “parir” nada revolucionario.

Revolucionario en el drástico cambio que tiene que haber en la cabeza de la gente. Si ésta (el funcionario) responde y actuara de acuerdo a su responsabilidad, no sería tan dramática la cosa. Gestión parece ser la palabra mágica y seguramente lo sea.

Se me ocurre que tiene que haber un cambio de actitud previa: el elemento confianza debería comenzar a primar. Confianza del administrado que sabe que será bien atendido, o que sabe que se le responderá la inquietud que envió por escrito o que le consta que siempre tendrá una respuesta (por más que la misma no satisfaga sus intereses). Confianza del administrador que sabe que el administrado está bien intencionado, que no pretende hacer nada fuera de la normativa, que actúa de buena fe, que necesita una respuesta simplemente para seguir trabajando.

¿Sucede eso? Casi en las antípodas.

Es elemental que el administrador se coloque del otro lado del mostrador y vea que allí existe (en el caso de la construcción en vivienda que es mi rubro), un promotor privado que arriesga mucho dinero, obviamente para lograr utilidad en primer lugar, pero luego procura embellecer la ciudad con su proyecto, contempla una necesidad básica de la gente como es la vivienda (en el estrato social que sea), invierte en el país, da trabajo a una multitud de personal, el fisco recauda, el BPS recauda, se genera el círculo virtuoso en derredor de una obra en construcción.

La conclusión es notoria: para que dicho círculo (el de la construcción pero lo extrapolamos a muchas actividades) se perpetúe, es menester, entre otras cosas, mejorar aspectos de orden burocrático que nos rodean. No puede un jerarca o funcionario no responder una inquietud planteada con respeto y sentido común, apoltronado en su silla de gobierno y con el poder circunstancial que ostenta. Es inmoral que no lo haga.

Hay que ahuyentar “los peros”, hay que allanar el camino y no caer en la fácil tentación de que el cargo nos juegue una mala pasada. Porque también hay de eso; el poder obnubila, nos hincha el ego, nos hace creer imprescindibles y entonces muchas veces se actúa en consecuencia: desde la cómoda poltrona asignada, existe desdén en el trato, nula diligencia en la información y lo que es peor: la no respuesta que es la peor de las respuestas.

Siguiendo en el rubro de construcción privada de vivienda, es claro que hoy Uruguay está compitiendo con un sinnúmero de países que intentan llevar inversores para dichos lares: Miami, Paraguay, Panamá. Tal vez se construya allá más barato que aquí (que somos caros no da lugar a equívocos), pero además los testimonios indican que las cosas son todas mucho más sencillas. Se prioriza y se confía en el inversor. Y si el inversor no tiene una conducta alineada a la buena fe, habrá que proceder como en Chile: el inversor que miente, estafa, tergiversa, actúa con dolo, se le baja la caña sin piedad; pero eso sucede una vez consumado el hecho. Antes, cuando está presto a invertir, a dar trabajo, cuando está presto a comprar un terreno para edificar en vez de comprar bonos de donde sean, hay que respetarlo en su tiempo, en su persona, en su honesta propuesta de generar actividad.

En el sector de la construcción, el obrero amante de su trabajo y honesto en su proceder no puede andar con chicanas permanentes amparado por tener alguna presea colgada en el pecho, delegado de seguridad por ejemplo, pensando que la verdad está solo de su lado. Hoy los conflictos se suceden en las obras y la seguridad es el pretexto para interferir en el trabajo. Si el empresario es negligente y contumaz en su negligencia, al paredón; pero si eso no sucede, el trabajo debe ser la excluyente prioridad.

Seguridad sí, pero productividad, también; vivir con dignidad sí, pero trabajar con dignidad, también.

Lucimos como una sociedad acostumbrada al statu quo, que se resigna al destino que le toque en vez de ir a su búsqueda…y así permitimos el mal trato, la atención irrespetuosa.

Es paradojal…el gasto público sube pero no hay contrapartida alguna en la calidad de los servicios.

Poltrón quiere decir haragán. Y la poltrona puede servir de excusa para una buena siesta…

La poltrona (real o imaginaria) del funcionario es cómoda y amplia…pero debe ser para el mejor servicio, no para imaginarse un estatus que siempre será efímero.

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