Anibal Durán
Anibal Durán

Polarizar... ¿sin límites?

Vamos camino a una campaña intensa donde los epítetos abyectos están a la orden del día y donde frecuentemente se pierde el norte, en pos de objetivos personales.

Y sobre todo, se nota en términos generales, que prima la descalificación hacia el otro, antes que priorizar aspectos que a la ciudadanía la tienen muy mal. Cómo dijo el César: ser y parecer; por ahí, también se trazan buenos objetivos y programas de gobierno, pero surge con más vigor la diatriba hacia el adversario (o enemigo?).

En fin, se puede y se debe polarizar en una democracia, pero no se deben traspasar ciertos límites que tienen que ver con el decoro, el respeto, la opinión en contrario. Un tema manido, pero nunca está demás recordarlo.

Que la democracia haya podido desplazar a diversas formas de autoritarismo, no implica que su desarrollo se deba a una lógica inherente a la historia. Venezuela nos trae a la cruda realidad; la democracia puede perderse con mucha facilidad, cuando precisamente se superan ciertos límites y el personaje de turno que gobierna, se cree un iluminado, sólo que no tiene licencia de tal y está llevando a su país a un despeñadero sin retorno. El antídoto surge enseguida, encabezado por Guaidó, y en dicho país hoy solo prima el odio contra el otro y la razón y la prudencia, obnubiladas, quedan en el baúl de los recuerdos.

Por eso es que la fragilidad que muchas veces exhibe la democracia, puede ser agravada en algunos aspectos que compete resaltar.

Por ejemplo, las formas y el lenguaje democrático. El lenguaje no es un medio neutral cuando describe la realidad, sino que la moldea y la transforma. Una publicación “Diálogo Político”, describe el caso de la política peruana. En dicho país, en los últimos años, se han etiquetado a los adversarios políticos en función de categorías mutuamente excluyentes. Por un lado los caviares (izquierda); por otro lado, los conservadores (derecha). Detrás de estos exabruptos, se esconde una dinámica destructiva para la democracia. Dos bandos que no se respetan, no pueden por definición hacer política para el bien común, sino combatirse hasta que uno prevalezca. Lo estamos viendo con virulencia en Argentina, donde sentarse en derredor de una mesa, oficialismo y opositores suena a una utopía y en el decurso de todo este aquelarre, ya hay más de un 35% de pobreza.

Es menester que exista un código de conducta, un compromiso que se expresa en el uso de un lenguaje respetuoso, firme pero tolerante, para lidiar con adversarios con el ulterior fin de preservar la democracia y sobre todo, trabajar para que el ciudadano viva con la mayor dignidad posible.

Otra forma de polarizar está vinculada con los límites de dicha cultura de diálogo. La percepción de los ciudadanos es que este es un sistema donde todo se discute (hasta una señora precandidata refutó el lugar de residencia de un adversario político, también precandidato) y se concreta muy poco. Parece un sistema que luce no al servicio de los ciudadanos sino básicamente ocupado en si mismo, perdido en vagas ideas y mezquindades concretas.

Y además sin conocer el tan manido acto de contrición que reclamo del sistema político. Días pasados, Mujica Cordano tuvo el tupé de mofarse de las propuestas de Lacalle Pou, respecto al ahorro fiscal que prevé y de los 136 liceos que propone el precandidato Talvi en lugares socialmente de nivel bajo. Ambos planteos son fundamentados, pero el ex presidente a quien increíblemente el mundo le rinde pleitesía, nos tuvo a nosotros bajo un mandato de una pobreza franciscana, donde se prometió el oro y el moro y nada sucedió, sin perjuicio de no permitir varias comisiones investigadoras sobre sucesos vergonzosos ocurridos durante su mandato.

La polarización y la democracia tienen por ende, una relación paradójica. La polarización tolerable, la confrontación natural, es un motor genuino para el intercambio y la formulación de nuevas ideas. Sin embargo, pasado cierto límite puede transformarse en una fuerza centrífuga que lleve a las fuerzas políticas a atrincherarse en posiciones irreconciliables, sin ánimo de diálogo y donde la diatriba es el combustible que alimenta una pasión política con fines equivocados.

Pero si esto pasa, todo puede mutar en un caldo de cultivo para el surgimiento de movimientos autoritarios que prometen a la ciudadanía reemplazar a una clase política egoísta por un grupo dispuesto a resolver los problemas reales.

Yo no dudo que Manini Ríos sea un demócrata, siendo relevante que su agrupación Cabildo Abierto ya esté marcando un porcentaje interesante. ¿Será gente cansada de tanto cabildeo innecesario entre los políticos y pretenden volver a épocas pretéritas, donde el autoritarismo nos quitó la libertad?

Las bardas en remojo, se impone…

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