Anibal Durán
Anibal Durán

Estado de crucifixión

De ninguna manera voy a atribuirle al Sr. Ministro del Interior malas artes al frente de su cartera. No dudo un ápice que se preocupa y ocupa por su tarea, como el Licenciado Vázquez.

Pero indudablemente toda esa buena intención tiene un contrapunto insoslayable: la realidad. Y contra esta, no se puede ir, ni ser tozudo en no aceptarla.

Dejemos los números de lado, que tampoco le favorecen al binomio del Ministerio del Interior.

Lo que estamos viviendo como sociedad en cuanto a la inseguridad es no solo lacerante, sino además nos coarta la libertad. El País editorializó al respecto el pasado lunes. ¿O cuántas veces nos planteamos salir o no salir del hogar familiar, ante el "peligro" de dejarlo sin nadie? ¿O no nos cuestionamos andar caminando por la calle de noche? Y soy generoso, porque también nos cuestionamos andar de día… Y eso se llama perder la libertad; nos la constriñen, nos invade el miedo y la desconfianza por el "otro" a veces es común denominador.

Y aquí no hay distingos en estratos sociales, porque tanto roban a un pobre, como a un rico, sin perjuicio de los asesinatos que se suceden sin tregua.

Y las bandas de un lado y de otro, que dirimen cuentas a tiros, sin importar que haya menores en el medio del fragor de la lucha…

Pero además de ello, algo mucho peor: se difundió en la prensa, que familias han sido expulsadas de sus hogares por bandas de narcotraficantes ante la permisividad del gobierno, que impotente ante ese disparate opta por realojar a las familias en otros barrios.

¿Cómo se le llama a esto? Ausencia de Estado, ausencia de autoridad, ausencia del derecho.

¿Cómo es posible a esta altura del partido, objetar la idea del senador Jorge Larrañaga a quien acompaña aquel eficiente Ministro del Interior que tuvimos, el Esc. Guillermo Stirling, de crear una Guardia Nacional de 2.000 efectivos del Ejército? Bien preparados para la ocasión, con una finalidad más que nada disuasiva. Complemento indispensable de la policía; además, personal que actuando como cascos azules ya han estado en verdaderas guerras (enviados por las Naciones Unidas), con la preparación técnica y mental para esas tareas.

Uno no encuentra argumentos cuando se niega esta posibilidad, más que el preconcepto de acudir a los militares. ¿Cómo si no se hubieran utilizado para otros menesteres? Por ejemplo, sacar la basura de la calle, en tiempos no muy lejanos.

¿Es aceptable que se diga que la policía en algunos barrios no puede entrar?

A esta altura aquel candidato que ofrezca y garantice y obviamente sea creíble, una efectiva política de seguridad, debería ser el ganador del próximo acto electoral. Al margen de tantos otros aspectos donde también hay carencias. Pero lo esencial es la seguridad; porque sin la misma, no hay garantías de que se viva en un estado de derecho.

El ministro y su subsecretario por una actitud elemental de decoro, deberían dar un paso al costado. Ya sabemos que el presidente no procederá.

Coincidiendo con opiniones de eruditos en la materia, esta proliferación de la violencia, este statu quo perverso instalado en la sociedad, tiene una causa medular: el fracaso estrepitoso de la política educativa. ¿O cuánta deserción hay antes de completar el bachillerato? ¿Qué hace esa pléyade de jóvenes que sin preparación alguna, salen del virtuoso círculo de la educación? ¿A qué trabajo pueden aspirar sin una mínima preparación?

La educación no puede ser algo aleatorio, que la cursa el que quiere. No sirve de nada o es apenas un paliativo, no pagar asignaciones familiares en el caso de que se constate que el alumno no concurre a clase.

El Estado debe tener la obligación de velar por la educación de los jóvenes y obligar con todo el bagaje de instrumentos a su disposición, a que concurran. Al no fomentar como es debido la concurrencia a un lugar educativo, está instando indirectamente a crear individuos con un potencial absolutamente contrario a la convivencia civilizada. Insta a la solución más fácil y que requiere menos pensamiento: semáforo por allí, el hurto por allá y también el asesinato para robar, cuando eso sea menester.

Días pasados el hijo de ese gran ciudadano que fue Alejandro Atchugarry, dijo en el Palacio Legislativo recordando a su progenitor, que lo mejor que se podría hacer por él, recordando su memoria y su virtuoso paso por la vida, es crear una política de estado en materia de educación.

Ya en épocas de recordar al crucificado, con la Semana Santa encima, me pregunto si la inseguridad y la marchita educación no nos dejan en un estado de crucifixión como sociedad…

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