Anibal Durán
Anibal Durán

Aporofobia

Vaya palabrita la del título, no? Confieso que la conocí hace muy poco, a instancias de uno de mis hijos y me introduje en la literatura de la española, filósofa Adela Cortina, quien se ha expedido sobre el punto.

Introducidos en el diccionario griego, está la palabra áporos, que quiere decir pobre, el que no tiene recursos, y fobia ya sabemos que es aversión a algo, temer, incluso llegar a odiar.

Entonces, aporofobia es un neologismo que significa la aversión al pobre, la ignorancia al mismo.

Dice Cortina que por suerte se encontró una palabra que identificara la situación, recién en diciembre de 2017, porque de esa forma podemos darle tangibilidad al problema. Hay realidades que no se pueden señalar con el dedo, como precisamente las fobias. Al identificar el problema con una palabra podemos adentrarnos en el contexto que implica y trabajar en ello.

De esta manera buscamos transformar la realidad social. ¿Con cuánta intensidad ignoramos al pobre? Y me pongo en primera persona. Cuántas veces pasamos por el costado de un mendigo tirado en la calle, recostado en la pared en una vereda, harapiento y seguimos raudos sin interpelarnos en ningún sentido?

La Lic. Cortina puso un ejemplo: en España en el verano de 2017 llegaron a España 81 millones de turistas. Vaya que dejarían divisas. Se les acogió y se les trató con hospitalidad, lo que está muy bien. Agregó que también vinieron por el Mediterráneo, exiliados de otros países, africanos, asiáticos, en barcazas que muchas sucumbían en el mar y los que llegaban eran rechazados. Por xenofobia o por aporofobia? Se tiende a pensar que es por lo segundo.

Numerosos neurocientíficos dicen que nuestro cerebro es xenófobo. A dicho órgano le interesa la supervivencia y rodearnos de gente parecida a nosotros, en lo posible con la misma lengua.

Tenemos un mecanismo de disociación que nos aparta de lo que nos molesta.

Aunque y lo recuerda la Lic. Cortina, también tenemos el gen altruista y el gen egoísta.

Los seres humanos estamos dispuestos a ayudar a otros, pero con tal de recibir algo a cambio.

Somos seres recíprocos. Vivimos en una sociedad contractual: yo te doy, tú me das.

Y de allí surge el problema: qué hacemos con los que no pueden dar nada a cambio: esos son los pobres. Entonces vamos generando excluidos, precisamente porque no pueden participar del contrato social.

Parecería que solo nos interesan los que solo pueden ser recíprocos.

Entonces surge el rechazo a los enfermos mentales, a los disminuidos psíquicamente, los que no tienen recursos para “jugar” en la sociedad contractual.

En cada ámbito de la vida social hay relegados.

¿Cómo actuar? Como nuestro cerebro es plástico y se adapta a la influencia social, podemos remover esta indiferencia con la que actuamos.

La Declaración de Derechos Humanos de 1948, dice que los seres humanos deben vivir con dignidad y la aporofobia es un atentado contra la misma. Hasta atrofia a la democracia, donde la mayor igualdad debería ser una aspiración, sin perjuicio de las virtudes y talentos de los ciudadanos, como dice nuestra Constitución.

La educación es una solución. La educación necesariamente tiende a igualar.

Hay que educar en la compasión: esto es darse cuenta de la tristeza del otro e incluso compartir sus alegrías.

No hay ser humano que no tenga nada que ofrecer. Nuestro deber y nuestra responsabilidad es hurgar en ello, trabajar en ello, para hacer de este mundo un lugar menos desparejo y con mucha menos hipocresía.

Cuando desde los gobiernos, simplemente se les da a los más desvalidos un dinero para satisfacer necesidades básicas y en eso queda la situación, estamos prolongando un statu quo que será irremediable. Porque esa mendicidad será trasladada de generación en generación y entonces lo que se busca es que esa pobreza se perpetúe y con ello como contrapartida lograr la adhesión partidaria, materializada en el voto.

Eso también es aporofobia, disfrazada de solidaridad inconducente y perniciosa.

¿Qué ha hecho la anterior administración y concretamente el Mides con los pobres? Se ha constatado la dilapidación de dinero sin rendición de cuentas, la acumulación de materiales, alimentos en depósitos, muchos con pérdida de vigencia y aún restan las auditorías que nos dirán o no, si ha habido acciones con dolo.

Esa desidia, como la calificó el ministro Bartol, también es una muestra de aporofobia. Aunque se vistan con ropas de acogida y como benefactores de los más humildes, aunque en la retórica siempre los tengan presentes, del Frente Amplio escribo, aunque hagan gárgaras de caridad, la realidad es porfiada y nos indica lo que desnudó la pandemia. Casi 200 mil personas siguen viviendo en asentamientos, después de más de 13 o 14 años de tener dinero a raudales. Entre otras perlas.

Como sociedad hagamos acto de contrición, pero sin autoengañarnos y con la sagrada misión de acoger al desvalido.

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