Anibal Durán
Anibal Durán

Adversarios y enemigos

Incursos en la veda electoral, nos es impedido abundar en aspectos vinculados a las candidaturas que dirimirán la preferencia del voto. Pero si es buena cosa valorar en su real dimensión, la posibilidad que tendremos mañana de ejercer nuestro derecho a elegir quien nos gobernará en el próximo lustro.

Incursos en la veda electoral, nos es impedido abundar en aspectos vinculados a las candidaturas que dirimirán la preferencia del voto. Pero si es buena cosa valorar en su real dimensión, la posibilidad que tendremos mañana de ejercer nuestro derecho a elegir quien nos gobernará en el próximo lustro.

Así, filosofemos sobre este tema, todo lo vinculado con la evaluación de la actuación de los hombres que han incursionado en el escenario político y toman decisiones en nombre de la ciudadanía.

Sucede que muchas veces el prisma a través del cual se realiza esta clase de valoraciones es apasionado y por tanto, tiende a deformarse. Una mente obnubilada condiciona desde el primer momento la estimación del argumento y proyecta sobre él la presencia de un espíritu injusto y carente de sentido común. Como la opinión viene del adversario (a veces tildado de enemigo), ya es inconducente. Así lució, lamentablemente en muchos pasajes, en la campaña electoral.

Muchas veces falta la tolerancia para suavizar el estudio que se realiza; no aparece la buena voluntad que ella supone, para vestir de sensatez y lógica el comentario.

Lo hemos escrito otras veces: ninguna disciplina para la actividad humana está revestida de tanta pasión como la política. Tanto para la exaltación como para el vilipendio, tanto para encumbrar como para denostar, este escenario apasionado transporta el sujeto o la anécdota a un terreno efervescente y emocional, prejuiciado y fanático.

El político actúa frente a las masas, despierta sus pasiones, se dirige a sus inquietudes, articula y agita sus temas de comprensión. Las masas lo siguen o lo enfrentan, lo acompañan o lo abandonan, pero siempre es con ellas su diálogo.

El Presidente electo no deberá mirar al adversario político como a un enemigo; el adversario debería ser siempre un colaborador preocupado en la solución de los mismos problemas desde ángulos disímiles y lo que parecían ríspidas posturas, viene a resultar acaso una solidaridad de fines buscando la mejor solución. 

No debemos renunciar a nuestros adversarios, son defensas sociales contra nuestra inercia, son acicates para excitar nuestro pensamiento. Siempre rigiéndonos dentro de los parámetros de la buena fe. Si impera la mala fe, no es posible la convivencia, simplemente.

No hagamos de la ideología una barrera que divide; proceda y concrete Presidente electo cuando competa, sin mirar quien fue el mentor de una buena idea.

Nadie tiene el monopolio de la verdad (lo deberá tener en cuenta el citado Presidente electo) y este axioma debe bastar para apoyar sobre él un estado de espíritu humilde a fin de no lapidar actitudes ajenas por el hecho de discrepar con las nuestras.

Con la paridad pronosticada, articular voluntades, lubricar el relacionamiento, deberán ser objetivos ineludibles.

Recordar que deben acompasarse el crecimiento económico, en un futuro que se presenta difícil, con la calidad democrática que debe exhibir el país.

El Presidente electo deberá tener el coraje de cambiar aspectos esenciales; así la educación. El coraje se demuestra con frecuencia porque siempre es necesario, en la vida diaria. La vida cotidiana concita un coraje más extraordinario que el combate o las aventuras; el coraje de enfrentarse a lo nuevo y aceptar lo diferente. El Presidente deberá evidenciarlo.

Seguramente deberá soportar el embate del corporativismo que tendrá que ser llamado a un sosiego responsable; poner en su lugar a moralistas que intentan imponer en otros su visión de cómo se debe vivir o especuladores con la intemperancia del que piensa distinto.

Existe mucha juventud que vive el presente sin las expectativas del mañana; no está preparada para los desafíos que impone el mundo globalizado. Hay que intentar cambiarles la cabeza, drástico cambio cultural…pero para ello hay que tener el coraje de realizarlo sin más dilatorias. Una mente vacía es una mente angustiada. Nada más perentorio, nada más trascendente, señor Presidente electo.

Finalmente, como dice el Prof Sartori, distingamos la máquina de los maquinistas; la máquina (la democracia), es lo mejor que se ha inventado para permitir que el hombre sea libre. El problema radica en los maquinistas. Ojala éstos (y el Presidente electo) se den cuenta del problema central de nuestra sociedad: mejorar la vida no es solamente hacerla más confortable desde el punto de vista físico y material, sino hacerla más digna y humana en términos morales. Vivimos en un mundo con un grave “default” moral. Ese es el nudo de la cuestión .

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