Andrés Oppenheimer
Andrés Oppenheimer

Cuba tras Obama

El discurso del presidente Obama en Cuba a favor de la democracia y los derechos humanos en la isla fue relativamente bueno, pero no nos hagamos ilusiones: sus palabras serán enterradas por una avalancha de propaganda del régimen de Castro en la isla, y puede que pronto se conviertan en una memoria vaga para la mayoría de los cubanos.

El discurso del presidente Obama en Cuba a favor de la democracia y los derechos humanos en la isla fue relativamente bueno, pero no nos hagamos ilusiones: sus palabras serán enterradas por una avalancha de propaganda del régimen de Castro en la isla, y puede que pronto se conviertan en una memoria vaga para la mayoría de los cubanos.

No es mi intención restarle mérito al discurso de Obama en La Habana, ni a su política de apertura hacia la isla, tal como lo está haciendo buena parte de la derecha estadounidense. Al contrario, la decisión de Obama de revertir la política hacia Cuba fue acertada, tras cinco décadas de intentos fallidos de aislar a la isla.

Pero Obama podría haber hecho mejor las cosas. Durante su visita a Cuba, el presidente de Estados Unidos fue excesivamente conciliador e innecesariamente amable con el dictador cubano Raúl Castro.

Hubo cosas que hay que aplaudir. En su discurso transmitido en vivo en la isla al final de su histórica visita, Obama dijo: “Creo que los ciudadanos deben tener la libertad de decir lo que piensan sin miedo, para organizarse y criticar a su gobierno, y para protestar con toda tranquilidad”. Y añadió: “Y sí, creo que los votantes deben ser capaces de elegir a sus gobiernos en elecciones libres y democráticas”.

Por otra parte, Obama subrayó una y otra vez que Estados Unidos ya no es un enemigo de Cuba. Eso estuvo bien, porque desacredita la vieja excusa del régimen de Castro de que Cuba no puede permitir elecciones democráticas ni prensa libre porque supuestamente es una “plaza sitiada”. Obama también merece el aplauso por haberse reunido abiertamente con los líderes de la oposición en La Habana.

Pero poco antes del viaje de Obama a Cuba, el fundador de la Comisión de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional de Cuba, Elizardo Sánchez -uno de los participantes en la reunión con Obama- me había dicho que no debíamos hacernos ilusiones de que el discurso de Obama tendría un gran impacto en Cuba.

Sánchez me recordó que en la isla no hay periódicos ni estaciones de radio o televisión independientes. Y me recordó que el expresidente Jimmy Carter y el Papa Juan Pablo II también pudieron hacer discursos transmitidos en la isla, pero su impacto fue de corta duración.

Según me advirtió Sánchez, “Castro puede permitir que Obama diga lo que quiera, porque luego, con su enorme maquinaria de propaganda y sobre todo su aparato de intimidación policial, puede borrar de la memoria de la gente el mensaje de Obama”.

Y en cuanto a la reunión de Obama con los disidentes, la maquinaria propagandística del régimen acentuará que la reunión se llevó a cabo en la embajada de Estados Unidos para seguir alimentando su ridículo relato de que todos los opositores cubanos son “mercenarios” estadounidenses.

Mi opinión: El discurso conciliador de Obama fue digno de aplauso, porque hace más difícil a la dictadura continuar sosteniendo el mito de que no puede permitir libertades fundamentales porque el país está bajo una supuesta amenaza de invasión yanqui.

Pero eso no significa que el discurso será un parteaguas en la historia de Cuba. Solo una ofensiva diplomática internacional apoyando a la oposición pacífica cubana ayudaría a forzar una verdadera apertura política en la isla. Esa es una asignatura pendiente para Obama, y para quien lo suceda.

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