Andrés Ojeda
Andrés Ojeda

Aprender de las tragedias

El pasado fin de semana todos quedamos shockeados con la noticia de que el goleador de Nacional, el “Morro” Santiago García se había quitado la vida.

Si bien todos tenemos presente la altísima tasa de suicidios que tiene nuestro país (aproximadamente dos por día y que no se informa su ocurrencia en medios de comunicación), todo cambia cuando la estadística tiene nombre y apellido, lo conocemos todos y es ídolo.

El primer razonamiento que nos invade es como alguien que aparentemente “lo tiene todo” puede tomar una decisión así y la realidad es que nadie está vacunado contra un bajón anímico que pueda llegar a un desenlace fatal.

La Organización Mundial de la Salud, define a la salud mental como “(…) un estado de bienestar en el que la persona realiza sus capacidades y es capaz de hacer frente al estrés normal de la vida, de trabajar de forma productiva y de contribuir a su comunidad. En este sentido positivo, la salud mental es el fundamento del bienestar individual y del funcionamiento eficaz de la comunidad.” Nadie está libre de deprimirse, no es algo cómodo de conversar, ni una situación fácil para pedir ayuda.

Vale reparar particularmente en el caso de quienes tienen mucho éxito a muy temprana edad y deben madurar en forma abrupta, extremo que los obliga a estar constantemente en el ojo público bajo muchísima presión y las más de las veces sin las herramientas emocionales o la contención necesarias para afrontarlo. El éxito que tantos les envidian también puede ser una pesada carga en algunos casos.

En la sociedad de hoy, a muchos nos acecha la necesidad de cumplir con las expectativas que se tienen de nosotros, familiares, laborales, de amigos, de pareja. Todos los roles que uno ocupa tienen una expectativa detrás y -al menos a mí- me bajonea mucho sentir que pude haber decepcionado con relación a lo que se esperaba de mí.

Todos tenemos nuestras cuestiones a resolver, que no debemos subestimar: si nos lastimamos un brazo o una pierna no dudamos en ir inmediatamente al médico, sin embargo, ante síntomas de posible depresión, nos cuesta horrores consultar médicos o psicólogos. Creo que la terapia siempre ayuda, no solo en situaciones extremas, es necesario quebrar esos estigmas que hacen que a tantos les cueste recurrir a profesionales en la materia.

La calidad de nuestra salud mental interpela en forma transversal el desarrollo de toda la sociedad. A modo de ejemplo, es clave en lo que hace a la seguridad pública: el 80% de nuestra población carcelaria es adicta a los estupefacientes, nuestro índice de reincidencia (cuantas personas vuelven a delinquir luego de haber pasado por un centro carcelario) se ubica entre el 60% y el 70%. Evidentemente, detrás de estos números hay profundas razones de salud mental (entre otras).

Ante tragedias como la del Morro tienden a generarse estos debates mientras el tema está en la agenda pública, pero luego salen y se olvidan. Es tarea de todos tratar de sacar un aprendizaje de semejante injusticia, que esto genere la oportunidad de profundizar el trabajo en salud mental en las escuelas, en los clubes, en las empresas, en las casas de salud, en todos lados y -muy especialmente- en las cárceles.

Es la mejor manera de honrar al Morro.

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