Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Vereda tropical

Hace algunos años, un periodista extranjero cenaba en Punta del Este en compañía de colegas uruguayos, cuando al mismo ingresó un ex presidente uruguayo.

Lo observaron entrar, saludar a unos y otros, compartir mesa con amigos, retirarse al cabo de una hora para ponerse al frente del volante y emprender marcha. El periodista extranjero preguntó por sus guardaespaldas. Le explicaron que no tenía. Incrédulo, les dijo que lo seguiría, que la situación no podía ser real. Sus colegas lo acompañaron, divertidos y seguros de ganar lo que a esa altura se había convertido en una apuesta. No se equivocaron.

Evoqué esa anécdota —que uno de sus protagonistas me contó con nombres y apellidos— el lunes por la tarde, cuando comenzaron a divulgarse los videos que mostraban el intercambio de palabras entre el presidente Vázquez y un grupo perteneciente al colectivo de "autoconvocados", cuyos representantes se habían reunido con el presidente de la República. La palabra república, junto a democracia, fue esgrimida como bandera identificatoria en momentos de rispidez y confrontación verbal. Fue ratificada por ambas partes, pero herida por ambas partes.

El primer presidente constitucional del Uruguay, el General Fructuoso Rivera, conocía cada rincón de nuestro país y cada rancho de campaña, en donde el ofrecimiento "mi general, un mate" solía repetirse con naturalidad. Incluso cuando le prepararon un atentado y el matador, revólver en mano, se escondió entre los cortinados de su casa, Rivera —a medida que bajaba las escaleras y sin dejar de abrocharse los gemelos (iba a una fiesta de gala)— le espetó un autoritario "salí de ahí Fulano, vos no tenés coraje para hacer eso".

La foto de José Batlle y Ordóñez, mano en la cintura, escuchando atentamente a un paisano que le hablaba sin apearse del caballo, la hemos visto todos, no sin regocijo. El mismo que se repite cuando leemos sobre cuán de puertas abiertas era la quinta de Herrera; o cómo recordaba Tomás Berreta cada detalle de la situación familiar y cada nombre y apellido, creando entre los vecinos esa gratificante sensación de atención personal del gobernante hacia el ciudadano de a pie. En 1985, cuando nos reencontramos con tantas cosas perdidas por más de una década, una —no menor— fue saber que el vicepresidente Enrique Tarigo solía llegar a su despacho caminando, luego de atravesar las calles de la ciudad, portafolio en mano. Como un siglo antes lo hacía —aunque con paso mucho más enérgico y marcial— el presidente de facto Lorenzo Latorre, cruzando la plaza Independencia rumbo al Fuerte. Las costumbres del presidente José Mujica, desde que estacionó su moto en el Palacio Legislativo hasta que se convirtió en el presidente del "Fusca", sorpendieron más afuera que adentro, precisamente por esa larga lista de espartanismo y cercanía.

Esa cercanía se crispó el lunes, sin llegar al salivazo que ofendió el rostro de Jorge Batlle en aquel amargo 2002, pero desgranando adjetivos, augurando derrotas. Hasta el temple del presidente Vázquez, propio de un oncólogo que a diario enfrenta la muerte, se quebró y lució destemplado en sus respuestas. ¿Democracia dañada o fortalecida…? Confieso mi duda en voz alta ,a medida que tecleo estas líneas. Ninguna respuesta me satisface, pero siento que el agobio ciudadano es algo más que una sensación térmica propia del verano.

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