Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Tontovideo

Recuerdo a Montevideo desde las retinas de mi infancia, como aquella ciudad que inauguraba espacios públicos varios con orgullo de pertenencia y responsabilidad en la tenencia.

Recuerdo a Montevideo desde las retinas de mi infancia, como aquella ciudad que inauguraba espacios públicos varios con orgullo de pertenencia y responsabilidad en la tenencia.

Recuerdo el Planetario, el primero de Iberoamérica, dotado de un Spitz modelo B, con una bóveda de 18 metros de diámetro que me dejó boquiabierta frente a la constelación de Orión, cuando la maestra nos llevó a visitarlo; recuerdo la primera vez que pisé la Biblioteca Nacional, que inauguró en 1964 su nueva sede de 18 de Julio; el bullicio de las tribunas del flamante Palacio Contador Gastón Guelfi; el olor a cuero nuevo que desprendían las 973 butacas del remozado cine Ariel.

Competía con el Censa, que contaba con una sala de 2.715 espectadores, medía una cuadra de largo y fue el pionero en el sistema CinemaScope, que había deslumbrado a los montevideanos en el estreno de “El Manto Sagrado”. Recuerdo el imponente porte del Cilindro Municipal, con sus dos tribunas de nombres difíciles de deletrear cuando se tienen pocos años, Melbourne y Helsinki, en memoria de las actuaciones de los uruguayos en los Juegos Olímpicos de 1952 y 1956. Recuerdo estar de cara al mar, visualizando el escenario a la perfección, seducida por la acústica especial para espacios abiertos del también nuevo Teatro de Verano del Parque Rodó.

Eran años en que la ciudad acompasaba sus ofertas culturales al ritmo del crecimiento educativo: el índice de alumnos matriculados en secundaria pasó de los 20.000 de 1942 a los 70.000, en 1960.

Evoco esos espacios públicos porque son ellos los que definen la calidad de la ciudadanía de sus habitantes. La ciudad debe facilitarnos el uso de esos espacios, la movilidad por sus calles, las oportunidades de formación, integración social y de ocupación. Pero, por sobre todas las cosas, una ciudad debe garantizar a sus pobladores el derecho a sentir orgullo del lugar en que se vive y el derecho a la vecindad, o sea a tener el reconocimiento que genera el respeto de los demás. La identidad ciudadana que resulta de ambos derechos es una condición política, pues la “polis” es el lugar del poder, de la política como organización y representación. Por eso los espacios públicos también son escenarios de los conflictos y cambios políticos.

Montevideo, como ciudad, ha desbalanceado los platillos y es más un territorio en el que se expresan las luchas de poderes políticos que una comunidad que se piensa a sí misma como un colectivo unitario.

Solo ese desequilibrio puede explicar que los candidatos a gobernarla prometan rebajas, surtidores, repartos, milagros de distinto tipo y calibre que no pasan de pura retórica electoral, mientras hoy mismo, que se conmemora el día de la tierra, tenemos playas y aguas contaminadas, asistimos a fracturas sociales que han multiplicado los guetos y hemos perdido los rasgos de civilidad básicos que nos permitan conservar lo que hicieron nuestros antepasados por la ciudad.

¿Cuantos de aquellos sitios que evoca mi memoria siguen en pie? ¿Cuáles de ellos no están tapados de pintadas y afiches? ¿Quién ofrece un plan que verdaderamente encare los problemas de Montevideo, sin falsas retóricas, sin falsas promesas ni falsas polémicas?

Los votantes -admitamos- tampoco sabemos votar al margen del platillo de la política. La polis ha derrotado a Tontovideo. 

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