Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Tacones en retirada

Salvatore Ferragamo nació en la región italiana de Campania y emigró muy joven a Estados Unidos, donde sus zapatos hechos a medida para las celebridades de Hollywood le dieron fama como “el zapatero de las estrellas”. Instalado definitivamente en Florencia, hizo zapatos artesanales para las mujeres más ricas y poderosas del planeta. Eva Perón fue una de esas clientas exclusivas. Coleccionó cientos de pares de Ferragamo. De puntillas sobre esos refinados tacones, repetía en escuelas, fábricas y actos multitudinarios: “Soy una enamorada del general Perón y de su causa”. “Un héroe como él sólo merece mártires y fanáticos. Yo estoy dispuesta a lo que sea por su amor: al martirio, a la muerte”.

Salvatore Ferragamo nació en la región italiana de Campania y emigró muy joven a Estados Unidos, donde sus zapatos hechos a medida para las celebridades de Hollywood le dieron fama como “el zapatero de las estrellas”. Instalado definitivamente en Florencia, hizo zapatos artesanales para las mujeres más ricas y poderosas del planeta. Eva Perón fue una de esas clientas exclusivas. Coleccionó cientos de pares de Ferragamo. De puntillas sobre esos refinados tacones, repetía en escuelas, fábricas y actos multitudinarios: “Soy una enamorada del general Perón y de su causa”. “Un héroe como él sólo merece mártires y fanáticos. Yo estoy dispuesta a lo que sea por su amor: al martirio, a la muerte”.

Cuando mi madre me contaba la caída del General Perón me repetía el año (1955) y un detalle: la exhibición de aquella enormidad de zapatos de Evita, como signo de una riqueza contradictoria con el discurso hacia sus “grasitas”, como la revelación de una impostura, como si la profanación de sus armarios hubiera sido la medida de la violencia en aquella caída. Ni la lectura de Santa Evita de Tomás Eloy Martínez, novela histórica en la que “el gorrión de lavadero”, de oscuro origen social, se vestía de reina para mejor representar a los humildes ante los ricos, logró convencerla. Nada borró de la mente de mi madre aquellos zapatos.

Los populismos siempre caen en contradicción entre su discurso y su accionar; ni el indispensable líder carismático, ni la movilización constante de las masas en las calles, logran ocultar definitivamente las otras características, que tarde o temprano, resultan arbitrarias y autoritarias: quitar a unos para dar a otros sin que cambie la esencia de quien tiene y de quien necesita; el partido único y su correspondiente construcción de un “otro” al que se demoniza. Braden, diplomático norteamericano, fue el “otro” de Perón, como los “fondos buitre” o Clarín lo fueron de Cristina.

A Eva la posteridad le fue favorable. Su cadáver errante, finalmente rescatado y librado de vejaciones, descansa en el mausoleo de la Chacarita, lugar de peregrinación; su rostro reproducido en billetes, edificios, bustos, inundando el imaginario, convocando a Madona a cantar “No llores por mí, Argentina”.

En estos días el kirchnerismo deberá rendir cuentas por la inflación, el estancamiento económico, la falta de reservas en los bancos y la crispación política que instaló entre los argentinos. Luego pasará por el filtro de la Historia y la politología, entre otras cosas, para responder si fue fiel o no al modelo peronista que tanto invocó. Para muchos, sin embargo, lo imborrable estará en la síntesis y simbología que encierran los datos nimios. En estos días (y en los que vendrán, hasta el hartazgo) lloverán cataratas de detalles que antiguos amigos -en aras de desmarcarse- o viejos enemigos -en la hora de la venganza-, se apurarán a brindar ante los flashes y las cámaras. La cuenta de Twitter, las sábanas y los teléfonos que Cristina se llevó; la desprotección aérea en que dejó al país, en momentos en que arribaban un rey y varios jefes de Estado; la comedia mezquina en torno a la entrega de la banda presidencial. Las manchas de humedad de Casa Rosada pesarán tanto o más que las obras sociales y culturales que hizo, a medida que sus tacones se alejen. Esos de diseño exclusivo a tono con sus trajes sastre, cuando no los inconfundibles Louboutin de suela roja.

¿Cuánto falta para que los cuenten?

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