Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Un singular refugio urbano

Montevideo nació plaza fuerte. Cuando Petrarca delineó la ciudad, una de las primeras edificaciones fue el Fuerte, nacido para “para mayor resguardo de la campaña y batería y de algún desembarco que puede haber de las dichas ensenadas”.

Levantado con premura, se inició su construcción en 1724 y para 1725 estaba concluido. Por razones de índole defensiva miraba a la bahía, de tal forma que rompía el damero previsto para el resto del trazado urbano. Era una casona sólida, con ventanas estrechas y fuertemente enrejadas. El techo, a dos aguas, estaba cubierto de tejas y rematado por una cornisa.

La entrada principal miraba al norte y era sobria al extremo: un arco escarzano o rebajado, sin adorno alguno. Dentro estaban las habitaciones privadas del Gobernador, una capilla, el lugar para el cuerpo de guardia y para la armería y las dependencias administrativas de gobierno. Conformaban un rectángulo alrededor de la plaza de armas, que era el corazón del Fuerte. Allí residió el primer gobernador civil, el mariscal José Joaquín de Viana y todos sus sucesores en el período colonial. También cuando la ciudad fue sitiada durante la revolución artiguista y luego cuando albergó a Caros Federico Lecor en el período Cisplatino.

La Biblioteca pública creada por Larrañaga funcionó en una de sus piezas en 1816; en su sala principal se juró la Constitución de 1830; fue sede de la Casa de Moneda en 1854 y del Poder Ejecutivo durante décadas, desde la derrota del artiguismo en 1820 hasta 1880, año en que el gobernador Latorre decidió demoler el Fuerte (era muy húmedo y la bala que traía en la rodilla como recuerdo de la Guerra de la Triple Alianza le dolía tremendamente) y transformar el lugar en una plaza pública. Montevideo comenzaba a refinar sus gustos y valoraba los pulmones verdes en una ciudad que no paraba de crecer y que en el viejo casco, donde se ubica la plaza, tenía una alta densidad edilicia.

La plaza se proyectó como un espacio enjardinado que ocuparía la huella urbana dejada por el Fuerte: rupturista respecto al damero, en sesgo al mismo y diseñada por el paisajista francés Edouard André. Tenía caminos ondulantes, un gran cantero central y varios canteros laterales cubiertos de césped, flores y diferentes especies de árboles. Su equipamiento era de estilo gótico en los faroles, el bebedero y la verja de circunvalación del espacio. Fue inaugurada en 1890.

Cuarenta y un años después llegó el monumento a Bruno Mauricio de Zabala, con su caballo, su brazo de plata y sus rulos, a instalarse en el centro que estaba previsto sólo para abundante vegetación. “Es el árbol el elemento esencial de su decoración”, señalaron muchos montevideanos indignados por la implantación del monumento ecuestre de tales dimensiones que quebraba la escala y la estética original prevista por André. El caso fue que Zabala se quedó para siempre en el lugar previsto para oquedades y frescor de follaje.

Como si buscaran compensar el espacio perdido, los árboles crecieron mucho en altura y grosor, asegurando los gorjeos de pájaros y la sombra a esa rinconada intimista y escondida. El perfecto patio trasero de una joya arquitectónica como el Palacio Taranco.

Encargado por la familia Ortiz de Taranco para destinarlo a residencia familiar, el Palacio se levantó en el terreno en el que se hallaban las ruinas del antiguo Teatro San Felipe (que antes había sido la Casa de las Comedias). Lo construyeron en 1907 según planos de los prestigiosos arquitectos franceses Charles Louis Girault y Jules León Chifflot. La construcción estuvo a cargo de la empresa de John Adams, un inglés que llevó adelante, como empresario, diversas obras que consolidaron el estilo neoclásico en Montevideo: el Banco de Londres y el Río de la Plata, la embajada británica, el edificio del London París, el Hospital Británico.

Para el petit palace de los Taranco se trajeron robles trabados de estilo Versalles para los pisos; mármoles de Génova para las columnatas, las bocas de las estufas y las jardineras; muebles de la parisina Maison Krieger. El edificio, una suerte de gran triángulo que se inserta en el damero, jugando con las aristas de la plaza Zabala, se levanta en una planta de tres pisos de estilo ecléctico: una rotonda para carruajes, una planta baja social, una planta alta con tres departamentos privados y un mirador. En el subsuelo, servicio, gimnasio, saunas.

Fue el único sitio en todo Montevideo que se consideró digno de albergar al príncipe heredero de la corona inglesa, cuando Eduardo de Windsor visitó el país, en agosto de 1925.

Con su historial de grandes fiestas y de visitas ilustres, la residencia pasó a manos del estado en 1943, que recibió la donación de su mobiliario (de estilo Luis XV, XVI y Regencia) con la condición de destinarla a Museo de Artes Decorativas. Desde entonces ha sido testigo de diversos momentos de importancia pública y ha prendado los ojos de todos los turistas y visitantes.

En la circunvalación de la plaza (que se llamó Durango, en homenaje a la localidad vizcaína de la cual provenía Zabala) se levantaron a su tiempo otros dos soberbios y elegantes edificios: el “Del Fuerte”, inaugurado en 1914, obra del italiano Perotti, y el “Palacio Shaw”, casa de Sáenz de Zumarán, inaugurado en 1923 y obra del arquitecto Lanús, en que vivió Gabriel Terra, convirtiéndose luego en sede del Discount Bank. Familias de alta burguesía, bancos y financieras, alrededor de una plaza que rezuma estilo, pero que se abre en forma de democrático refugio urbano, justo en medio de la parte antigua de la ciudad, esa que es a la vez bursátil, comercial, turística, pero también un barrio que sabe de pensiones y hacinamientos.

Rincón en el que se superponen y dialogan las historias y los significados, la plaza y su circunvalación edilicia conforman una unidad dialogante que nos involucra. Porque es de todos, a puro uso público. Por eso es que me permito la pregunta: ¿a usted le gustan los bancos nuevos?

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