Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

A lo Pirro

La nación, muchas veces definida apelando a elementos étnicos homogéneos, a una lengua, una tradición y un territorio en común, se enfrenta hoy a todo lo que niega esas características.

La nación, muchas veces definida apelando a elementos étnicos homogéneos, a una lengua, una tradición y un territorio en común, se enfrenta hoy a todo lo que niega esas características.

Complejidad lingüística derivada de la movilidad física y cultural permanente; pluralidad étnica o algo más complicado aún que esta: el descubrimiento de que la etnicidad, como la nación, es construida. Porque puede haber nación sin territorio, o con múltiples lenguas, pero no hay nación sin dimensión política de esa definición. “Nosotros” es una voz que, una vez pronunciada, será incluyente o excluyente de otros, acotada o expansionista, pero en toda circunstancia será política.

Los problemas que les plantean hoy los nacionalismos a Europa son mayores que los que tiene con el sistema bancario y con los refugiados, aunque este no sea un dilema nuevo. Ya antes se habían apeado Noruega y Suiza, por referéndum, pero lo sucedido con el Reino Unido tiene otro peso.

“Queremos a nuestro país de vuelta; estamos siendo gobernados desde Bruselas y queremos gobernarnos a nosotros mismos”, afirmaban desde un rotundo “nosotros” quienes decidieron el triunfo del Brexit. Es allí, precisamente, donde radica el peligro. Porque el problema no es la caída de las bolsas o los jóvenes que se privarán de los beneficios del espacio Schengen, sino la incitación a la violencia implícita en la ideología del nacionalismo, que conlleva siempre una actitud discriminatoria y de superioridad.

¿Sabían esos votantes que el nacionalismo es ideología, pese a que suele ser presentado como el orden natural de la humanidad? ¿Que toda definición de nación está en lucha con los usos que los diversos movimientos políticos procuran hacer de su enorme capacidad para movilizar y legitimar? ¿Que los mitos que fundan y alimentan esos nacionalismos, aun cuestionados por la racionalidad, tienen fuerza para perpetuarse? Sí lo sabían los impulsores del Brexit y eso les dio su victoria pírrica.

Desde América se especula en cómo repercutirá esa decisión inglesa. A juzgar por el contenido político de la misma, es probable que la mayor consecuencia sea de índole didáctica. Porque con el Brexit han quedado lejos aquellas clases de unidad que los europeos le dieron al resto del mundo, mostrando que se podía transitar desde una unión aduanera a un espacio común en el que circularan libremente los bienes, capitales, personas y servicios. Sabíamos que -como todo conjunto- avanzaban al ritmo del más lento, con unos países más ricos que jalaban de los más pobres, sin dejar de opinar sobre sus procesos y sus leyes sociales. Pero aún así admirábamos el implacable avance, las formas de entendimiento nunca antes experimentadas.

El Brexit ha sido una señal de derrota de esa supranacionalidad a manos de las soberanías nacionales, pertrechadas y fortalecidas con las Historias de los orígenes.

Aquellos años en que Europa nos enseñó que sus tratados e instituciones eran poderosas armas regulatorias de la coexistencia en pluralidad, darán paso, de aquí en más, al relato de las tribus, con sus estruendosos tambores. Ya los están tocando en algunos países o en donde quieren emerger como tales. Ya los estamos escuchando, desde nuestros frágiles procesos de integración americana. Mala música, mala lección.

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