Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Patente de corso

Me gustaría tener patente de corso, expresión que no casualmente nomina el blog del escritor español Pérez Reverte, para poder imitarle. A Reverte, no a los barcos que en nombre de Artigas asaltaban toda embarcación que llevara las banderas de sus enemigos. A Reverte, que es capaz de hacer una página maravillosa sobre una perra defectuosa a la que nadie quiere y él adopta; o —so pretexto de describir el mundo de la prostitución que mejor conocía de joven que ahora— de retratar un Madrid actual, por el cual pasean sus ofertas un variado coro de caderas ucranianas y latinoamericanas. O sea: como quisiera escribir sobre temas y personajes aparentemente tangenciales, para no sumarme a los ríos de tinta vertidos sobre encuestas y votos, para esquivar ese hálito de las urnas que para unos huele a los perfumados laureles del éxito, mientras para otros es franca halitosis. Como no tengo el talante ni el talento de Reverte, elijo el camino cuasi psicoanalítico de escribir aquí sobre mi mi

Me gustaría tener patente de corso, expresión que no casualmente nomina el blog del escritor español Pérez Reverte, para poder imitarle. A Reverte, no a los barcos que en nombre de Artigas asaltaban toda embarcación que llevara las banderas de sus enemigos. A Reverte, que es capaz de hacer una página maravillosa sobre una perra defectuosa a la que nadie quiere y él adopta; o —so pretexto de describir el mundo de la prostitución que mejor conocía de joven que ahora— de retratar un Madrid actual, por el cual pasean sus ofertas un variado coro de caderas ucranianas y latinoamericanas. O sea: como quisiera escribir sobre temas y personajes aparentemente tangenciales, para no sumarme a los ríos de tinta vertidos sobre encuestas y votos, para esquivar ese hálito de las urnas que para unos huele a los perfumados laureles del éxito, mientras para otros es franca halitosis. Como no tengo el talante ni el talento de Reverte, elijo el camino cuasi psicoanalítico de escribir aquí sobre mi miedo mayor, con la secreta —y poco científica— esperanza de conjurarlo al hablar de él.

En estos días en que se cumplen 25 años de la caída del muro de Berlín no puedo dejar de evocar aquellas campañas electorales en que la probable llegada de la izquierda al gobierno de la ciudad se anunciaba al son de las trompetas del infierno y profetizando con la imagen de Montevideo partida en dos por un línea de piedra tan férrea y absurda como el muro que dividía simultáneamente a la ciudad alemana y al mundo capitalista del comunista.

El mismo año en que cayó el muro en Berlín la izquierda uruguaya obtuvo la intendencia de Montevideo, en un recorrido exitoso que la llevaría al gobierno del país y luego a retenerlo por más de un período. Ese “muro” que anunciaban hace 25 años no se visualiza hoy en una ciudad en la que descuellan otras cosas: su rambla de imperecedera belleza, su elogiable escala humana, la bonhomía de su gente, pero también su discutida seguridad (siempre perdedora si se compara consigo misma en el pasado) y su descuidado y grafiteado capital edilicio. No hay muchas paredes limpias, pero no se levantó un muro filoso como un cuchillo que atravesara la sociedad.

¿O sí?: muchos actores políticos han dicho “adversarios, no enemigos”, pero ¿acaso no ha crecido la imagen del otro como enemigo, a fuerza de tanto pelear cada voto? “Bolche”, “tupa”, “oligarca”, “facho”, “dictador”, “asesino”, “fascista”, son algunas de las voces escupidas con desprecio sobre el que piensa y vota distinto, mientras se extiende la dicotomía “ricos” versus “pobres”, pese a que difícilmente resiste el análisis en el panorama de los partidos políticos uruguayos, claramente policlasistas. Sin embargo, inundan las redes sociales, se superponen con spray a las viejas pintadas y llegan incluso a las declaraciones y discursos formales de los actores políticos. La campaña política uruguaya podrá ser calificada como “de guante blanco”, pero no deja de ser de guante.

Cuentan que años después de caído el muro de Berlín, los perros que por años habían hecho las rondas junto a los guardias militares de aquella mole erizada de alambres de púas, apenas llegaban al lugar algo se activaba en su memoria y —como autómatas— trazaban el mismo tétrico recorrido, aunque del muro no quedara ya ni una sola piedra. Mandato invisible, pero aún poderoso.

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