Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Del panóptico y el alcanfor

La reaparición hace un par de semanas de enfermedades epidémicas que se creían controladas, desató viejos temores. Y es lo que suele ocurrir: basta un caso aislado para que vuelvan los viejos fantasmas. Las páginas de historia de la medicina explican el porqué de ese miedo atávico.

El destacado historiador de la ciencia Fernando Mañé Garzón, recientemente fallecido, estudió la primera epidemia de escarlatina anginosa que azotó el Río de la Pla- ta, comenzando por Buenos Aires y propagándose luego a Montevideo, en el año 1802. La enfermedad ocasionaba "fiebres pútridas con llagas a la garganta", provocando la muerte, sobre todo en los muy jóvenes.

Mañé Garzón documentó cómo, buscando las causas, la honorable Junta de Médicos reunida en el Cabildo, apuntó a dos razones: el triste comercio de esclavos africanos y el mal estado de las carnes. Tanto las faenadas en plena ciudad, con la consiguiente putrefacción animal, como las que quedaban insepultas por saturación de los Campos Santos de las iglesias. Se referían por igual a los cementerios, las cárceles, las barracas de cueros, las fábricas de sebo, los acopios de huesos vacunos y los esclavos, verdadero "manantial de epidemias devastadoras".

Las medidas profilácticas aconsejadas por la Junta fueron siete: prohibir enterrar más cadáveres en la Iglesia de San Francisco y clausurar el cementerio de la Matriz; no permitir barracas de cuero dentro de la ciudad; prohibir introducir huesos frescos intramuros; limpieza de los mataderos; limpieza de las cárceles; prohibición de la venta de "carne cansada" (de animales enfermos) y obligación de los barcos negreros de someter su carga a cuarentena.

Los médicos adaptaban sus medidas a la etiología de la epidemia y a las condiciones que las favorecían, pero al hacerlo, retrataban indirectamente los alcances del poder médico, que entonces tenía dimensiones incomparables con las que detentan los actuales facultativos. Hoy se les golpea o lleva a juicio, mientras que por entonces se les daba el control total del cuerpo enfermo, aunque justificando las muertes por la voluntad divina. Ese poder médico fue estudiado por el gran historiador José Pedro Barrán, quien señaló la coincidencia de escasos recursos y poder de diagnóstico, con un enorme poder de decisión sobre el paciente.

Basta revisar el popular Manual de la Salud, medicina y farmacia doméstica de F. V. Raspail (editado en Barcelona en 1857 y divulgado ampliamente entre los hogares montevideanos) para aquilatar la distancia que nos separa hoy (que se trasplanta, opera con robots y escrutinia el cuerpo con los recursos de la imagenología), de aquella rudimentaria farmacopea y bienintencionados consejos.

La lista de estos últimos era larga. Abran y ventilen la lana de los colchones y mézclenla con pimienta negra y alcanfor. Si no les alcanza el dinero recurran al ajo, que es el alcanfor del pobre. Condimenten la comida abundantemente para matar los gusanos intestinales. Cuiden la calidad del agua, que si es mala transmite enfermedades. Coman en su casa y no en las tabernas, reposen media hora después de comer y luego hagan ejercicios. Curen las enfermedades del útero con pomada alcanforada, inyecciones de agua de alquitrán y compresas de agua sedativa. "Los alimentos insípidos y la leche que toman las mujeres de las ciudades, como también sus habitaciones húmedas y oscuras, son la causa ocasional de esta multitud de enfermedades del útero que se padecen", decía el Manual en la página 267. Lávese los dientes todas las mañanas con agua sedativa; luego de cada comida enjuague su boca con vino y si no acostumbra beberlo, sustitúyalo con agua de colonia.

El agua azucarada se recomendaba como un antídoto suave y eficaz para múltiples malestares. Para los casos más graves, como el cáncer localizado en sitios que pudieran aislarse para el tratamiento, se prometía cura to-tal sumergiendo la zona en alcohol alcanforado. Si no se lograba ablandar los tejidos afectados se recomendaba acudir al bisturí, introduciendo en la herida cáustico de Viena, un polvo de cal y potasa mezclado en parte iguales.

Para el hoy reaparecido sarampión, que creían se debía a un ácaro roedor, también se recomendaba untar pomada alcanforada, complementando el tratamiento con jarabe de achicoria, alimentos aromáticos y abundante ingesta de vino.

Las causas de tan diversas enfermedades eran varias y el Manual las señalaba con autoridad y firmeza. Algunas resultan hoy muy ingenuas, otras conservan cierta escalofriante vigencia, pero todas partían de un mismo principio médico: las enfermedades son siempre ajenas a los órganos afectados, provienen de afuera.

Se deben —decía el Manual— en primer lugar, a la impureza del aire; a la mala calidad de los alimentos ingeridos, por fraude en la elaboración de los mismos; a envenenamientos con sustancias inadecuadas presentes en ellos o en el agua; a los excesos y cambios de temperatura; a la introducción de sustancias, cuerpos, parásitos, etc. en nuestro organismo y —por último— a "las enfermedades morales, impresiones violentas, afecciones debilitadas, esperanzas perdidas, ambiciones desvanecidas, fastidio y desesperación, causas invisibles (…) que devoran como un veneno lento y sutil."

Por supuesto que esa medicina estaba muy ligada al panoptismo de una sociedad que disciplinaba con la cárcel, el manicomio y el hospital. Que vigilaba todo el tiempo, desde una torre que ocultaba al vigilante y lograba que el vigilado lo internalizara. La medicina también buscaba y lograba la internalización de la culpa, la vergüenza y el pudor, ante la afección del cuerpo. En esa mentalidad, una epidemia era sinónimo de pérdida de control social y corporal de cada individuo y del colectivo que los aunaba. Nada más temible.

Es comprensible, pues, que algo ancestral se movilice cuando una vieja enfermedad reaparece. Desconfiados frente al otrora mágico poder médico, apenas nos defiende la fe laica en el estado de bienestar y el sistema de salud controlado por él. Del alcanfor, ni hablar.

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