Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Nacer al mundo

El feriado nacional del 25 casi pasó desapercibido, salvo por el elogiado discurso del presidente José Mujica. Mañana no habrá discurso alguno, porque el 28 de agosto de 1828, fecha en que la Convención Preliminar de Paz reconoció el nacimiento de Uruguay como un nuevo país independiente, no concita admiración ni orgullo.

El feriado nacional del 25 casi pasó desapercibido, salvo por el elogiado discurso del presidente José Mujica. Mañana no habrá discurso alguno, porque el 28 de agosto de 1828, fecha en que la Convención Preliminar de Paz reconoció el nacimiento de Uruguay como un nuevo país independiente, no concita admiración ni orgullo.

Fue un acta de nacimiento que dejó sin resolver el tema de los límites con los países vecinos, que consagró la tutela de los países firmantes sobre el pequeño territorio sospechoso de ser inviable y que dejó fuera de las negociaciones a los orientales. Lo hizo con una lógica que hiere el orgullo nacional, pero que no deja de ser lógica: los rebeldes orientales no podían ser considerados actores políticos válidos en tanto no representaban a un país. Eso es, precisamente, lo que la fecha nos debería recordar: el ingreso de Uruguay al mundo de las naciones y la consiguiente inauguración de las relaciones exteriores. Porque nuestro país, que nació algodón entre cristales, solo mantuvo su soberanía en base a experticia en equilibrios.

El aprendizaje fue largo. La inestabilidad interior que nos acompañó en el siglo XIX se agravó por la relación de los partidos políticos uruguayos con los argentinos y brasileños, al tiempo que enfrentábamos las intervenciones europeas, con sus plenipotenciarios y sus buques apostados en el puerto. El cenit de violencia se produjo en 1868, cuando Venancio Flores y Bernardo Berro fueron asesinados en el mismo día, enlutando a ambas divisas.

Dos años más tarde la política exterior del país dio un viraje y comenzamos a aplicar la diplomacia pendular entre Brasil y Argentina. Los ingleses nos enseñaron como oscilar para mantener el equilibrio, a la vez que se convertían en dueños de las empresas del gas, el agua corriente, el telégrafo, la Liebig’s y el ferrocarril. No casualmente, fue en el lapso 1870-90 que el Ministerio de Relaciones Exteriores configuró su servicio diplomático.

En el siglo XX sobrevino el segundo viraje y Uruguay pasó a tener una política internacional propositiva. La idea del arbitraje internacional sin interferencia en los asuntos internos de los estados, presentada en 1907 por José Batlle y Ordóñez en La Haya, fue una señal de señorío internacional. No fue aprobada, pero le valió reconocimiento al pequeño país sudamericano que mantenía un juego pendular entre Brasil y Argentina, pero también entre Inglaterra y Estados Unidos. Desde entonces, Uruguay se mantuvo como defensor y co-creador de las organizaciones reguladoras de la paz mundial; lo que no le impidió decirle no al proyecto de instalación de bases de Estados Unidos en territorio uruguayo (en 1940 y 1944), ni apoyar al panamericanismo.

Punta del Este recibió a quienes discutieron la Alianza para el Progreso de Kennedy, a la vez que admiraba al Ché Guevara, que entre mates recomendaba que no perdiéramos la democracia conquistada. Nacimos obligados a ser respetables internacionalmente para poder ser. Lo logramos cuando aprendimos a ser neutrales sin ser prescindentes, a tener una diplomacia sólida al servicio de una política exterior de largo plazo, respetada por el prestigio de nuestra democracia. Por eso es tan elogiable que el Presidente haya recordado que la unidad no debe venderse al bajo precio de una querella electoral. Ojalá el discurso de antes de ayer lo reafirmáramos todos en el día de mañana, 28 de agosto.

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