Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Su majestadel Rey

El Rey era, en lejanos tiempos, una figura omnipresente, pero distante. El día de su cumpleaños se hacía presente por medio de un retrato de tamaño natural, que se colocaba sobre una tarima ricamente adornada y frente a la cual se hincaban, para saludarle, todos los vecinos del Montevideo colonial. Mirarle a los ojos era una experiencia casi improbable, por eso cuando José Batlle y Carreó tuvo, en 1819, la oportunidad de besar las manos del Rey y éste le preguntó qué podía hacer por él, Batlle, en vez de solicitarle que le pagaran lo mucho que la Tesorería real le adeudaba, enmudeció y dejó pasar el momento —único y fugaz— de cobrar.

El Rey era, en lejanos tiempos, una figura omnipresente, pero distante. El día de su cumpleaños se hacía presente por medio de un retrato de tamaño natural, que se colocaba sobre una tarima ricamente adornada y frente a la cual se hincaban, para saludarle, todos los vecinos del Montevideo colonial. Mirarle a los ojos era una experiencia casi improbable, por eso cuando José Batlle y Carreó tuvo, en 1819, la oportunidad de besar las manos del Rey y éste le preguntó qué podía hacer por él, Batlle, en vez de solicitarle que le pagaran lo mucho que la Tesorería real le adeudaba, enmudeció y dejó pasar el momento —único y fugaz— de cobrar.

El primer rey al que vimos de cerca, cuando ya no éramos súbditos —aunque conservásemos por la corona cierto atávico respeto, no contradictorio con nuestro republicanismo— fue a Juan Carlos de Borbón. Llegó en mayo de 1983, cuando al frente del gobierno estaba Gregorio Alvarez. Con toda naturalidad atravesó a pie la Plaza Independencia, ante los ojos ávidos de los que se agolparon para verle e incluso se animaron a reclamar más libertades. Su reunión con los líderes proscriptos por los militares quedó registrada en una foto en la que se destaca su altísima figura, foto que registra un momento emblemático de la transición uruguaya hacia la democracia.

Sin sorpresas, cual crónica anunciada, ese rey ha abdicado. Abdicar no es lo mismo que decir “el rey ha muerto”, lo que deja en suspenso la frase que completa la conocida expresión: ¿viva el Rey?

Una de mis amigas españolas me narró esta escena en primera persona: “Me puse mis mejores galas, incluso las joyas de mi familia; preparé varios platos, serví el mejor vino y me senté, vestida como si fuese una de las invitadas, a ver por televisión la ceremonia de casamiento del Príncipe Felipe con Letizia Ortiz. Que, por cierto, para casarse con una plebeya hubiera escogido a mi sobrina, que es mucho más guapa”. Mi amiga se autodefine como “una republicana de izquierdas”.

Los días que siguen abundarán en alabanzas a las tres décadas de reinado de don Juan Carlos y a su defensa de la democracia durante el “Tejerazo”. Como si de la muerte se tratara, un manto de beatitud procurará cubrir al elefante abatido en Botswana, a la sinuosa Corina y a su yerno Urdangarín. Otros, en cambio, recordarán la condición de protegido de Francisco Franco, por la cual accedió al trono. Así lo ha hecho, desde la Universidad Carlos III de Madrid, Rafael Escudero Alday: “Que sea la gente quien decida qué modelo de jefatura de Estado quiere para este país: monarquía o república.” El artículo 92 de la Constitución —reclama Escudero— habilita al presidente del Gobierno a proponer un referéndum consultivo sobre decisiones políticas de especial trascendencia. Y es del caso.

Estoy segura que el día de la coronación de Felipe VI, mientras muchos otros reclamen la abolición de la monarquía, mi amiga volverá a desempolvar las joyas de la abuela y a descorchar un buen vino. Sensible a lo que Foucault llamó “intensificación del poder”, opinará sobre los zapatos de Letizia y se emocionará con la inequívoca señal para la igualdad de género, que dará la pequeña infanta rubia, junto al anciano monarca. El camino institucional de España lo determinará ese movimiento pendular entre la oposición al Rey y la fascinación por el Rey.

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