Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Horca con nombre de mujer

 

Gobernaba Lecor en Montevideo cuando Celedonia Wich, la viuda del comerciante Salvañach, poderosa señora de casona en la calle San Gabriel, gritó porque no había agua caliente en su casa. Mariquita, una de sus esclavas, le explicó que no pudo calentar el agua porque no había leña cortada. Se cruzaron amenazas y el ama levantó el rebenque que llevaba en la mano. Mariquita respondió quebrando una botella sobre la cabeza de Celedonia y luego una damajuana. Además de los fragmentos de vidrio, Mariquita clavó un cuchillo de la cocina en el cuerpo del ama y procuró degollarla. Sangraba abundantemente, pero aún estaba viva. Encarnación y el mulatillo Luciano, también esclavos, la ayudaron: había que disimular el crimen, pero también había que culminarlo. Consiguieron una cuerda y Mariquita la apretó alrededor del blanco cuello de Celedonia. Luego la desnudaron, escondieron la ropa ensangrentada y procedieron a lavarla, vestirla con ropas limpias y arrastrarla hacia la baranda del segundo piso. Levantaron el cuerpo y lo dejaron caer por encima de la baranda, hasta el patio de la planta baja, buscando que la muerte pareciera un accidente. Encarnación escondió el cuchillo utilizado dentro del horno de la cocina.

Fue en vano: el cuerpo delataba a ojos vistas lo sucedido y además Antonio e Ignacio, otros dos eslavos propiedad de la familia, los delataron. A las pocas horas Mariquita, Encarnación y Luciano fueron sacados de la casa con grilletes en los tobillos, para ser enjuiciados.

Aníbal Barrios Pintos desde la historia y Susana Cabrera desde la novela habían narrado ese episodio, a los que ahora se suma el argentino César Lerena con “Celedonia Salvañach. Libertad y esclavitud en Montevideo”, quien utiliza los giros propios de la novela junto a una extensa documentación, puesta al servicio de una relectura del caso.

Siembra duda, en primer lugar, sobre la difundida versión de que Celedonia fuese especialmente cruel con sus esclavos. El Mayordomo del Hospital de Caridad atestiguó haber atendido a una esclava de Celedonia por un gran corte en el cuello que ella se autoinfringió, por no soportar más su vida de sometimiento. También un vecino declaró que era público que la viuda maltrataba a sus esclavos; sin embargo, otro vecino afirmó estar convencido “de la justicia con que los reprendía y castigaba por sus vicios y defectos”, especificando que “Mariquita” era “tan mala que no había vicio que no tuviere” y que era innegable su “propensión al robo”. Testimonio con el cual ubica el comportamiento de Celedonia en los parámetros de “lo habitual” dentro de aquella sociedad colonial, duramente jerárquica y esclavista.

En segundo lugar, Lerena afirma la existencia de un plan de fuga de los esclavos, previo a los hechos. No maneja en ese punto documentación probatoria, sino que se remite a cierta lógica narrativa, afirmando que “nadie supo que estas fueron las primeras esclavas mujeres que murieron por su libertad en el Río de la Plata”, denigrándolas por 200 años por igual a ellas y a su ama, Celedonia, “porque una historia épica se contó como un crimen sin sentido”.

Lo que impacta, más allá de las hipótesis interpretativas, son los documentos que dan cuenta de la carga de violencia asociada al nombre de mujeres, tanto por su condición de víctimas como de victimarias. José Pedro de Olivera, cirujano Mayor de los Reales Ejércitos, certificó que Celedonia Wich de Salvañach murió por la pérdida de sangre que le ocasionaron las heridas recibidas. También afirmaba que las personas que le provocaron esas lesiones vieron por mucho espacio de tiempo correr la sangre, sin auxiliarla, lo que probaba que lo sucedido era un delito “enorme, horroroso”.

Pese al llamado a la piedad que hizo Lucas Obes en su rol de defensor de las esclavas, alegando que si fueran rubias y bonitas la sociedad condenaría al ama cruel y no a ellas, la sentencia fue a muerte para ambas y de asistencia al ajusticiamiento público para Luciano, previo a su destierro a África. Lecor, el poderoso Barón de la Laguna, presidió las ejecuciones, realizadas el 2 de abril de 1824. El cortejo partió de la puerta del Cabildo. Lo encabezaba la columna de hermanos de la cofradía de San José y Caridad , que asistía a los condenados a la horca. Iban vestidos de túnica color ceniza, capucha, sandalias y cordón a la cintura. Detrás iba el ejecutor, el chanchero Miguel Sobredo y finalmente, Mariquita, Encarnación y el sacerdote que las acompañaba. Llevaban grillos e iban custodiadas por un escuadrón del regimiento de Caballería.

El palco, ubicado frente al patíbulo y en el centro de la plaza, lucía las banderas de la Provincia Cisplatina. Las autoridades presentes ostentaban, con esmerado arreglo personal, las medallas y distinciones que generosamente había repartido la corona portuguesa entre la élite montevideana. Era un día de ver y ser visto, de aleccionamiento colectivo, de exhibición de jerarquías. El chanchero (que estaba procesado por dos muertes y que reduciría su propia pena por esa labor de verdugo) las subió al banco y les ató la cuerda al cuello. Una vez que el redoble de la banda indicó que corrían los minutos finales, se instaló entre el numeroso público asistente un pesado silencio, roto apenas por el ruido de los bancos al ser empujados. Inmediatamente se escuchó el golpe seco de los cuerpos al caer y se agitó un murmullo sordo, que acompañó los estertores de las dos mujeres que, al cabo de unos instantes, oscilaban inertes. Sonaron lúgubres las campanas de la Matriz. Los cuerpos quedaron allí, dando su terrible lección práctica, hasta las cuatro de la tarde, hora en la que fueron llevados al cementerio.

Luciano asistió aterrorizado al espectáculo, pero se salvó de ser deportado a África porque había nacido en Montevideo y porque se hizo responsable de él su madrina de bautismo. La horca de la plaza Matriz fue conocida como “la Mariquita”. Fructuoso Rivera compró la casa, trece años después. Actualmente es la sede del Museo Histórico Nacional.

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