Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Vosotros que aquí entrais...

Un recluso con condiciones narrativas y de escenificación de buen nivel, que describió al Comcar como un cementerio de hombres vivos que alberga buenos y malos, mientras blandía frente a la cámara de Facebook dos grotescas espadas improvisadas, desafió en los últimos días al país amortiguador y de cercanías sociales que fuimos, que quizás aún seamos.

Un recluso con condiciones narrativas y de escenificación de buen nivel, que describió al Comcar como un cementerio de hombres vivos que alberga buenos y malos, mientras blandía frente a la cámara de Facebook dos grotescas espadas improvisadas, desafió en los últimos días al país amortiguador y de cercanías sociales que fuimos, que quizás aún seamos.

Lo primero que recordé fue a Marcola y a aquella falsa entrevista que le hizo un periodista que quiso tener la primicia del “erudito discurso del mal”. Marcola (Marcos Camacho, líder de la organización criminal brasileña Primeiro Comando da Capital PCC, preso en la cárcel de San Pablo) decía haber leído 3.000 libros y, en alusión a esos saberes, el periodista le adjudicaba —desde el título de la nota— una inquietante familiaridad con Dante: “Pierdan las esperanzas. Estamos todos en el infierno”.

No era la primera vez que desde los medios se hacía una falsificación verosímil, la más conocida de las cuales suele ser analizada en los cursos de Comunicación de todas las universidades: “La guerra de los mundos”, con sus seres viscosos y temibles, provenientes de otros planetas, que invadían la tierra. Orson Welles convirtió el texto literario de H.G. Well en falsos avances informativos radiales de la invasión, con tal poder de convicción que produjo pánico colectivo y suicidios varios.

La falsa entrevista a Marcola, aunque sin tales consecuencias, también heló la sangre. Porque en ella el poderoso preso les decía a los que lo habán encerrado, “ustedes no pueden venir a matarme en la cárcel, en cambio, yo puedo mandar a matarlos allí afuera”. Pero además les explicaba lo que sucedía con frases que casi podría firmar algún sociólogo francés: “Es la post-miseria, que genera una cultura asesina, asistida por la nueva tecnología: satélites, celulares, Internet, armas modernas”. Para rematar luego con este terrible slogan: “Nosotros no le tememos a la muerte, ustedes están en pánico. Nosotros vamos al ataque, ustedes están a la defensiva.”

El joven prisionero del Comcar estudió algunos años en UTU, maneja con habilidad las redes sociales y demuestra reflexionar sobre la pérdida de su libertad, pero no amenazó como Marcola ni leyó 3000 libros. Sin embargo, le aplicaron medidas ejemplarizantes (cerrar su cuenta de Facebook, trasladarlo a Libertad) que evidencian el miedo que despertó. ¿Por qué? Porque en el lugar en el que la gente cuelga su mejor selfie, aumentando las estadísticas de los depresivos que creen que todos son más felices que ellos, él colgó las imágenes de un submundo que es un infierno, algo que toda la sociedad sabe y permite. Porque el rostro semioculto por la visera reveló la debilidad de un sistema que rara vez redime, independientemente de quien sea el ministro o el gobierno. Porque la normalidad dentro de la anomalía ( el joven se casó, toma mate, intercambia mensajes por computadora con sus amigos) resulta perturbadora; como también lo es el hecho de que la estructuración jerárquica se base en el coraje para empuñar un “corte” y la ética en no dedicarse a “robar viejas”, sino a empresas mayores.

Lo verdaderamente escalofriante es, en definitiva, la fragilidad de la frontera entre un submundo que crece y otro que le teme. Mundos en los que sus integrantes parecen, en raro paralelismo, haber perdido por igual las esperanzas.

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