Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Documento y monumento

Las paredes de la Iglesia Matriz como caja de resonancia de hechos del pasado están a la vista de los que acuden a ella esta semana, ya sea para rememorar la pasión de Cristo o en busca de una fotografía turística. Sólo hay que afinar el ojo para saber verlos.

La construcción del actual edificio de la Iglesia Matriz, inaugurado en 1804, llenó de orgullo a los montevideanos. Algo fácil de entender si se leen las crónicas que detallan cómo era la anterior iglesia, la que acompañó los primeros años de la ciudad-puerto. “Tiene ocho altares, cuatro de ellos con retablo, en que hay hermosas imágenes; las más sobresalientes son las de los dos santos Patronos, la del Carmen y la del Rosario, que se hicieron en Madrid’’, escribía el presbítero Pérez Castellano.

“Durante el Corpus Cristi y la Semana Santa la Matriz -agregaba- se convierte en el centro de la ciudad, aunque tiene algunos problemas edilicios: es una iglesia que posee una torre con dos campanas de mediano porte, una está quebrada y la otra está mal remendada, porque aunque hay dos grandes y buenas, la torre no las puede sostener por su debilidad, razón por la cual están colgadas al lado de ella, ¡pendiendo de una horca de madera!”

Cuando llegaron a los detalles finales del ansiado edificio nuevo, de sobrio pero contundente estilo neoclásico, y hubo que revestir las torres con azulejos, descubrieron que aquella modesta ciudad amurallada que entonces éramos, no los tenía en número suficiente, ni tenía forma alguna de conseguirlos, por lo cual se colocaron en su lugar una partida de platos y fuentes, que aún hoy la adornan.

Pronto, los sitios a que fue sometida la ciudad durante el ciclo independentista primero y las guerras civiles luego, le fueron dejando huellas al novel edificio. Fueron años en que las bolsas de tierra protegían sus puertas de la lluvia de bombas que le acarreaba la visibilidad de sus torres. Varias impactaron en sus muros y más de una vez se trasladó el Santísimo a alguna casa particular, para preservar la imagen consagrada y los ritos litúrgicos.

La dominación luso-brasileña, la misma que fue recibida bajo palio, le deparó en 1818 un obsequio que aún exhibe en su fachada: un gran reloj público para una de sus torres. A partir de entonces, las campanas no sonaban solamente para anunciar la misa o la “hora de la oración”, al caer la tarde, sino a cada hora, marcando el ritmo de la ciudad y -con las campanadas de las diez de la noche- la hora de finalización de visitas y tertulias hogareñas, que ni los toques de queda lograron anular.

Eran tiempos en que se llevaba la alfombra necesaria para sentarse e hincarse a rezar, porque la iglesia no contaba aún con bancos. La barrían y lavaban con agua y jabón las propias devotas, que acudían a la labor al toque de campana. La cotidianidad incluía los rituales del culto, por encima de la ferocidad de las luchas políticas y aún dentro de ellas, ya que no había asamblea popular, congreso ni batalla que no fuera precedido por una misa.

La calma no llegó siquiera cuando la plaza que se conocía por su nombre, “la Matriz”, pasó a llamarse “Plaza Constitución”, porque en ella, con un Te Deum de agradecimiento, se juró la primera carta constitucional. A sus paredes fueron a descansar los protagonistas de aquellos años fundacionales: Juan Antonio Lavalleja, Joaquín Suárez, Dámaso Antonio Larrañaga, Jacinto Vera y Fructuoso Rivera.

En el caso del caudillo colorado, una procesión de gente le siguió en séquito, a medida que su cuerpo iba avanzando por la campaña, desde el rancho de Durazno en el que falleció, hacia la capital, donde preparaban las exequias. Cuando llegó el momento de depositar el féretro en el nicho de la Catedral que se le había destinado, todos quisieron guardar un trozo del paño que lo cubría, produciéndose un tumulto tan paradójico como la cercanía que los restos del caudillo guardaban respecto a los de Juan Antonio Lavalleja, compadre-rival, fallecido tres meses antes.

La secularización que nos caracterizaría como país laico se produjo lenta pero implacable, con enfrentamientos que rápidamente se politizaron, de forma que Venancio Flores sumó una cruz de defensa del catolicismo a su bandera colorada, al iniciar su “Cruzada Libertadora”, así llamada para evocar la de 1825. Flores arrasó Paysandú durante la defensa de la ciudad que desde entonces sumaría “la heroica” a su nombre, logrando entrar triunfante en Montevideo en 1865. Fue Gobernador Provisorio hasta el 15 de febrero de 1868. Las luchas partidarias alcanzaron su pico mayor de violencia tres días más tarde, cuando dos ex presidentes -el propio Venancio Flores y Bernardo Prudencio Berro- fueron asesinados en el mismo día, mientras el país entero quedaba sumido en una ola de venganzas.

El médico “gringo” Carl Brendel, que fuera encargado de embalsamar el cadáver de Flores, sustituyó el cuerpo (corrompido por los vahos de una ciudad bajo epidemia) por un muñeco de paja al que vistió de uniforme y le colocó la cabeza del caudillo. Lo velaron durante poco menos de un mes en el Cabildo, con una guardia militar que no tardó en caer presa de la fiebre amarilla que asolaba la ciudad.

Finalmente, el cuerpo cruzó la plaza y la Matriz recibió lo que -creía- era el cadáver de su defensor. Lo sepultaron frente al Santísimo, bajo una lápida que lo elogia largamente. Ciento veinte años después, al publicarse las memorias de Brendel, el libro “El gringo de confianza”, de Fernando Mañé Garzón y Ángel Ayestarán, reveló el secreto del muñeco de paja, tan largamente guardado.

A la derecha de la lápida de Venancio Flores, que en parte ocultan los bancos de madera, puede verse una pequeña talla barroca de la Inmaculada, en madera de álamo, realizada en la primera mitad del siglo XVIII. Fue hallada en la propia catedral durante las obras realizadas en sus paredes en 1941. Desde entonces se la conoce como la Virgen de la Fundación, la que evoca todos los tiempos que ese monumento público ha visto pasar.

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