Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Detrás del gol

El mundo vivió abstraído las últimas semanas. Algunos países aún siguen en esa ensoñación de hazañas, mientras los que van quedando fuera del Mundial (tanto los protagonistas deportivos como los hinchas agonistas), transitan por los aeropuertos como por el canal uterino y retornan a sus países como si nacieran a una realidad nueva. “Se me terminó el mundo”, me dijo alguien, conmocionado por la sanción a Suárez, quebrado existencialmente por una derrota deportiva que vivió como personal, porque —se sabe—, en el campo de juego “somos tres millones”. Pocas cosas amamos más los uruguayos que a esos vencidos que convertimos en vencedores y poco se demoró en trucar el “Artigas” de Blanes con la cara del goleador que luego se convertiría (profética paradoja) en el expulso, a quien casi todos defendían.

El mundo vivió abstraído las últimas semanas. Algunos países aún siguen en esa ensoñación de hazañas, mientras los que van quedando fuera del Mundial (tanto los protagonistas deportivos como los hinchas agonistas), transitan por los aeropuertos como por el canal uterino y retornan a sus países como si nacieran a una realidad nueva. “Se me terminó el mundo”, me dijo alguien, conmocionado por la sanción a Suárez, quebrado existencialmente por una derrota deportiva que vivió como personal, porque —se sabe—, en el campo de juego “somos tres millones”. Pocas cosas amamos más los uruguayos que a esos vencidos que convertimos en vencedores y poco se demoró en trucar el “Artigas” de Blanes con la cara del goleador que luego se convertiría (profética paradoja) en el expulso, a quien casi todos defendían.

Ya lo dijo Manuel Castells: vivimos en un mundo de “virtualidades reales”, compuesto por experiencias concretas pero también por imágenes virtuales que, lejos de ser interpretadas como metáforas, se convierten en tangibles. El gesto de triunfo y revancha del que cierra el puño y empuja el brazo, parece atravesar otra dimensión y permitirle hacer desde el living de su casa el pase mágico que convierte un gol, a miles de quilómetros de distancia. Llorar, reír, abrazar a desconocidos, experimentar la alegría del grupo, el goce de la participación en un colectivo esperanzado en el éxito y reforzado en su identidad: esas son las gratificaciones que esas realidades virtuales deparan.

Apearse de esa experiencia embriagadora y expectante, de su alta dosis de adrenalina, es algo que todos hacen con dificultad, ya desde Brasil —vuelo mediante— o simplemente apagando el televisor para regresar a un mundo que —de pronto— se quedó sin heroísmos ni representaciones colectivas, silencioso y ceniciento, como el domingo pasado en Uruguay.
No puedo dejar de evocar un artículo del periódico argentino Página 12, escrito exclusivamente en base a preguntas, cuando corría el año 2010 y Argentina discutía la ley de medios. A nosotros, que no la discutimos, sino que la dejamos llegar con sus inmensos poderes en desorden jurídico absoluto, a las cámaras que la aprobarán en base a mayorías parlamentarias; a nosotros, nos haría bien —como sociedad— formularnos algunas de aquellas preguntas: “¿Los medios de comunicación son nexos con la realidad, son mera mediación? En esa mediación, ¿hay algún interés ajeno a la finalidad informativa? ¿La realidad se les impone? ¿Los medios forman la masa convirtiéndola en un Uno uniforme o la masa se sirve de los medios para poder ser?¿Se hubieran desarrollado de igual manera los principales sucesos de la historia sin medios de comunicación masivos? ¿Por qué su apoyo inmediato o su sumisión absoluta suele ser uno de los objetivos fundamentales de los grupos de poder? ¿Qué otorga/garantiza tenerlos a favor?”

Para contestarlas, haríamos bien en recordar que las batallas del poder en la era de la información son culturales, que se libran en y por los medios pero que el poder no reside en ellos sino en las redes, en los intercambios de información y en la manipulación de símbolos. Por eso todos los gobiernos, de todos los países participantes de este Mundial, hicieron cálculos políticos sobre el impacto que tendría en sus electorados esa virtualidad real de los nacionalismos defendidos a puro gol.

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