Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Derechos en disputa

En el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona se expone una escultura de la artista austríaca Inés Doujak que representa al Rey Juan Carlos I, desnudo y en cuclillas, sodomizado por la líder sindicalista boliviana Domitila Barrios, quien a su vez es sometida por un perro pastor alemán, sobre un lecho de cascos nazis.

En el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona se expone una escultura de la artista austríaca Inés Doujak que representa al Rey Juan Carlos I, desnudo y en cuclillas, sodomizado por la líder sindicalista boliviana Domitila Barrios, quien a su vez es sometida por un perro pastor alemán, sobre un lecho de cascos nazis.

El arte, se sabe, no representa la realidad, sino que la provoca, en su doble acepción: crea realidad y subvierte la realidad. El rey mató un elefante y ese tiro, en medio del escándalo por corrupción que rodeaba el nombre de su yerno, le costó muy caro.

La escultura es, sin embargo, un sobreprecio que más bien parece desbocada inflación.

Salvando las distancias, en torno a la plaza del Entrevero también parece haberse disparado un proceso similar: el organizador de los bailes discriminó, se apoderó de forma indebida del discurso de la moral y en su nombre expulsó de un espacio público a dos mujeres, identificándolas (erróneamente, además) con una orientación sexual para la que existe, en nuestro país, el casamiento legal. Condenable, sin duda y sin “pero” alguno.

Desde que, afortunadamente, rechazamos las verdades absolutas, sabemos que no se alcanza nunca la verdad que la es para todos, sino, apenas, el conocimiento de la opinión de otros y -sobre todo- de la propia.

Platón dijo alguna vez : “Es mejor estar en desacuerdo con el mundo entero que, siendo uno solo estar en desacuerdo conmigo mismo”. Si hay un derecho que se torna cada vez más indiscutible es el que asiste a los diferentes, a los que no son mayoría, a los que salen progresivamente del silenciamiento o la condena, para asumir su irrestricta individualidad.

Por eso, mejorar los derechos demanda trabajar precisamente, donde ellos son menos respetados.

Pero esa tarea implica también prestar atención a aquellas situaciones nuevas que ponen en peligro espacios y libertades consagrados, para que -en aras de fortalecer las nuevas conquistas- no se caiga en el desconocimiento de viejos derechos adquiridos.

Uno de los primeros que obtuvo reconocimiento universal a un alto costo en sangre, fue el derecho a permanecer fiel a las creencias y opiniones propias.

Es necesario limitar y enfrentar el etnocentrismo, el patriarcalismo, la homofobia, la misoginia, pero con cuidado de no caer en imposiciones igualmente arbitrarias y tan injustas como los empoderamientos denunciados.

El organizador de los bailes del Entrevero fue amonestado por las autoridades y castigado por una ciudadanía que se organizó para demostrarle su rechazo, pero las creencias (esa posición intelectual que puede convertirse en vivencial y que es capaz de enfrentar todo tipo de argumentación lógica) son producto del entorno cultural y de la experiencia de vida de cada persona. Puede y debe limitarse toda acción que violente derechos de otros, pero no puede lesionarse el derecho del señor a seguir pensando como piensa.

Era hora que alguien gritara “el rey está desnudo”, corriendo el velo de las legitimaciones provenientes del poder o del miedo al disenso, pero de allí a aplaudir la puesta en escena de la vejación del rey… hay un paso largo. Que el señor deba asistir a un curso de sensibilización (al que lógicamente se niega) es convertirlo en estatua de sal o, peor aún, en una escultura de Inés Doujak.

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