Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Del Cerro a París

La humanidad ha tenido diversas concepciones sobre el ambiente y la naturaleza. Desde aquellas en que se celebraba que el hombre dominara al paisaje (cambiando el curso de los ríos o perforando las montañas), a las más actuales, en que la naturaleza es considerada perfecta y bondadosa en sí misma, en contraste con el ser humano, al que se califica de depredador y destructor.

La humanidad ha tenido diversas concepciones sobre el ambiente y la naturaleza. Desde aquellas en que se celebraba que el hombre dominara al paisaje (cambiando el curso de los ríos o perforando las montañas), a las más actuales, en que la naturaleza es considerada perfecta y bondadosa en sí misma, en contraste con el ser humano, al que se califica de depredador y destructor.

Esas concepciones se conjugan con las globales sobre el mundo y la vida y con las políticas, de forma que el ecologismo puede considerarse como una de las visiones más críticas del mundo actual. El conocimiento, que durante la modernidad legitimó y justificó la apropiación de los recursos naturales por parte de la sociedad, ahora pone en evidencia cuán insustentable es esa visión dominante del mundo. La crisis ambiental, centro de las discusiones de hoy en la cumbre del clima de París (COP21), cuestiona al proyecto moderno y su racionalidad, a la ciencia y su uso, a la sociedad capitalista (se obvia curiosamente los altos niveles de contaminación en el mundo comunista), el consumo y las diversas formas de poder. La Convención Marco de Naciones Unidas (que reúne desde 1995 a 195 estados y a la UE en pleno), reconoce oficialmente el cambio climático y la responsabilidad humana en el mismo. No es poco reconocer, ni será poco si logran ponerse de acuerdo para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, y para sustituir el Protocolo de Kioto de 1997, al que Estados Unidos nunca adhirió plenamente.

París y el calentamiento global parecen lejanos respecto a Uruguay, porque creemos tener pocos habitantes en este país abundante de praderas y aguadas naturales, en este generoso sistema de pastizales que nos dio la ganadería como producción natural; creemos en la riqueza de nuestros montes, humedales y costas, que definen un ecosistema de privilegio. Sin embargo, el Uruguay que tenemos (no el que creemos tener), es un país con una alta concentración urbana de su población, que será de escasos tres millones pero que ha sido suficiente para contaminar varios cursos de agua; nuestros antiquísimos suelos están muy erosionados, no tenemos un mapeo claro de la biodiversidad, ni enfrentamos los problemas ambientales con decisión, prescindiendo de juegos e intereses políticos.

Problemas que sí hemos tenido y tenemos, pese a nuestro precioso cielo y nuestros despejados horizontes: la contaminación de las playas montevideanas, la desecación de los bañados de Rocha, la lluvia ácida derivada de la central termoeléctrica de Candiota, el plomo en varios barrios montevideanos, los problemas derivados de la forestación y sojización (contaminación de suelos y acuíferos, el uso de plaguicidas); los derrames tóxicos, entre otros. Conflictos menos nuevos de lo que creemos, si recordamos que en 1946 Mariano Berro escribió “Los árboles del Cerro de Montevideo en 1516”, afirmando que eran muy abundantes y de variadas especies autóctonas, pero que fueron arrasados “por el hacha inclemente de los marinos y vecinos”, desecando así el suelo y entregando parte del mismo al arrastre de las aguas pluviales. La historia, de tener razón Berro, se remonta al mismísimo Juan Díaz de Solís.

Eso no necesariamente nos acerca a la conferencia de París, pero debería, al menos, despertar nuestra atención respecto a ella. Al fin y al cabo, el cambio climático amenaza con la extinción a varias especies, entre ellas, al Homo Sapiens.

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