Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

De campo

Aunque el día del Trabajador Rural, de consagración reciente (Ley nº 19.000 del 6 de noviembre de 2012), se anticipa en un día a la celebración del 1º de mayo, en realidad es una fecha que habla de rezagos.

Son asalariados rurales todos los trabajadores que lo hacen por un salario, sea éste jornal, mensual o a destajo; se cobre con dinero y/o por casa y comida. Hay capataces, domésticas y peones de estancia o tambo que son regulares en su trabajo, pero hay esquiladores, cocineros y tractoristas que son zafrales, como también lo son los que plantan almácigos, los que levantan cosechas, los que podan o ralean, los que forman parte de las cuadrillas forestales, trabajan en los silos o se prestan para toda tarea.

La tendencia laboral, en un mundo que se ha globalizado y tecnificado también en el campo, ha consolidado un modelo de trabajo basado en un personal estable y calificado al que se suman, zafralmente, grupos de trabajadores de baja calificación, que hacen changas, que "consiguen" una estancia o "tropean" en un campo. También hay zafrales calificados que cobran mejor, como los alambradores o domadores, pero tienen aún menos certezas de dónde y cuándo encontrarán trabajo.

Los cambios demográficos de las últimas décadas son varios. Aproximadamente un 40% de los que trabajan en el campo ya no viven en el mismo, sino en los núcleos urbanos cercanos; mientras que un 45% de los que sí viven en el campo no trabajan allí, sino en los pueblos o ciudades, desempeñándose como albañiles, choferes o comerciantes. A unos y otros les ha llegado la modernidad y se movilizan tanto a caballo como en moto, reciben ofertas de trabajo por WhatsApp, responden por el mismo sistema y se reúnen en convenciones, como la que nucleó a los herradores en Sarandí del Yi, los días 28 y 29 del mes pasado.

Sin embargo, sus trabajos suelen ser precarios, no tanto por las remuneraciones —que siguen siendo bajas—, sino por cuánto menoscaba sus vidas la inestabilidad laboral, la escasez o ausencia de beneficios sociales, y los frecuentes períodos de desempleo. "Está para una estancia, vuelve dentro de dos semanas"; "estoy tropeando para el lado del arroyo"; "la semana que viene voy a montear en lo de los García", son frases que ofician de direcciones postales, como las de aquellos caudillos del siglo XIX, tan movedizos que las cartas que les enviaban estaban dirigidas a un domicilio que sólo la campaña es capaz de albergar: "donde se halle".

Son herederos más o menos lejanos de aquellos gauchos y paisanos que alimentaron nuestras guerras civiles, la literatura gauchesca y los imaginarios épicos de la Historia Nacional. Vieron llegar el alambrado, el ferrocarril y el Código Rural; más tarde, las estaciones agronómicas, las praderas artificiales, los capitales y propietarios extranjeros; luego, la forestación, los feed lot, la soja. Con o sin celular, fijos o zafrales, siguen sintiéndose mejor entre los caminos que se pierden a lo lejos que en el asfalto, limitados por semáforos y edificios. Viajan kilómetros para ver un raíd o participar de una penca; siguen haciendo "gauchadas", saludando a quien se crucen, escuchando con deleite las canciones que hablan del pasado, mirando con cierta desconfianza al montevideano, hablando poco y observando mucho. Trabajando duro, allí donde se hallen.

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