Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Altura, señores

No le fue fácil al Estado controlar el territorio del país, cuando nos convertimos en tal. El nuevo lenguaje constitucional tardó en ser asimilado y por décadas seguimos formando parte del gran laboratorio político rioplatense. A golpes aprendimos cómo era eso de la representación política y la división de poderes.

El suelo sobre el que hicimos ese aprendizaje que nos insumió todo el XIX y las primeras décadas del XX, tampoco era del todo firme. Por lo pronto, en la Convención Preliminar de Paz de 1828 los límites se establecieron indirectamente, porque fue "a la otrora Provincia Cisplatina", que sí los había fijado en el Congreso de 1821, a la que le otorgaron el rango de nueva nación. Siempre y cuando la misma pasara el período de observación de cinco años.

Lo pasamos, como también lo hicimos con la primera guerra civil que puso a prueba la tan reciente independencia, aquella Guerra Grande que culminó con la paz del 8 de octubre de 1851.

El tratado de límites firmado en esa ocasión con Brasil hizo que el demarcador oriental, el coronel de Ingenieros José María Reyes, sintiera que solo a golpe de puños podía compensar la indefensión oriental frente a su colega brasileño. La frontera a delimitar fue testigo de tal furia. Los barcos brasileños en el puerto, ofreciendo amparo político e interviniendo en asuntos internos; la actividad económica del país pendiente del poderoso Banco Mauá y de los pagarés de la deuda asumida con el país vecino, eran tan evidentes como la porosidad de una frontera abierta y vejada.

Fronteras adentro pasaba otro tanto. Por décadas, el accionar propio de los caudillos fue la territorialización del poder. La expresó con claridad aquel gauchito blanco que guiaba al representante colorado a entrevistarse con el Águila del Cordobés, cuando le anunció "aquí ya no manda el gobierno, estamos en tierras de Saravia".

Quien vencería al caudillo blanco —que reclamaba por la representación de las minorías y expresaba al pobrerío rural—, sería José Batlle y Ordóñez, el presidente que trasladaba en tren al moderno ejército que legara el militarismo, al cual le daba las órdenes por telégrafo. Medios que achicaron la superficie de aquel país pequeño a la escala actual, pero grande para recorrer a caballo.

Los puentes, las carreteras, el telégrafo, el teléfono, los trenes, las medidas que hicieron "habitable" la campaña, la superioridad técnica del estado como poseedor de los elementos de represión de los delitos, la representación proporcional que aseguró el juego armónico de mayorías y minorías, fueron los que lograron —finalmente— que el estado controlara el territorio nacional. Un largo esfuerzo ciudadano, organizado en y desde el sistema de partidos, fueron los artífices de esa centralidad en torno a la cual gira nuestra democracia.

Esa centralidad estatal es la que el Director de Policía Mario Layera nos ha dicho que peligra.

Sería triste que los partidos no se sentaran alrededor de una mesa de diálogo, urgidos por encontrar caminos certeros que permitan negar el triste vaticinio del Director de Policía. Sería triste que se limitaran, unos a llevar agua electoral para el molino de la oposición; otros a elevar la retórica del partido de gobierno hasta hacer con ella un gran biombo detrás del cual ocultar la realidad. Más que triste sería una vergüenza.

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