Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Abusada

A la Estación Central de AFE en Montevideo la hemos maltratado mucho y todos. Es cierto, nació en años difíciles. Pese a que el período "civilista" se abrió con optimismo económico, la recesión se perfilaba ya con claridad en los precios de los cueros secos y salados, que bajaban año a año.

La lana también estaba a la baja y la balanza comercial pasó a ser desfavorable. Los únicos que subían eran los bienes de lujo importados y la temperatura política.

En las elecciones legislativas de 1890 los blancos se abstuvieron, denunciando fraudes electorales. Saravia se levantó en armas en marzo de 1897, cuatro meses antes que se inaugurara la Estación.

Era un edificio imponente, construido por el Ingeniero Luigi Andreoni, un ecléctico que ya había dejado huella en la ciudad, con el Hospital Italiano Umberto I, el elegante Club Uruguay y el Teatro Stella dItalia. La Estación tenía su inconfundible sello europeo, una rica ornamentación y estatuaria.

Desde ese momento, sus paredes lo vieron casi todo. Los grupos de médicos y enfermeras que se subieron (en el mismo año de su inauguración y luego de nuevo en 1904) a sus vagones atravesados por la bandera de la Cruz Roja, dispuestos a enfrentarse al horror de las batallas. Los vagones que venían de Santiago Váz-quez, conocidos como "el tren de la carne", cargados de su sanguinolenta y codiciada carga. Hacían el traspaso de las medias reses a tranvías tirados por caballos, que eran los que hacían la distribución final por carnicerías y mercados. En 1912 vieron llegar a su fin las obras del puerto y se conectaron sus vías con las de la terminal marítima. En 1952, compartieron la algarabía estatista, cuando los trenes se fusionaron en la Administración de Ferrocarriles del Estado.

Mientras las oleadas de pasajeros seguían poblando sus andenes y las mesas de su restaurante (con fama de buena carta), vieron cómo la bautizaban con el nombre de Estación Central José Artigas, en 1955. En 1974, le agregaron el "General", porque los tiempos lo imponían y al año siguiente la declararon Monumento histórico nacional.

El edificio comenzó a reclamar mantenimiento, justo cuando comenzamos a hacer oídos sordos. El descenso fue rápido. Le sobrepusimos un ave capaz de renacer de sus cenizas, pero que esta vez faltó a su propia leyenda: el Plan Fénix no remontó nunca y la Estación no se convirtió en un shopping cultural. Un sinfín de cruces y pleitos se cernieron sobre sus techos. En 1989 llegó a su fin el tráfico de trenes de pasajeros y el destino de los ramales pasó a ser una pequeña estación moderna, rodeada de trenes oxidados, detenida entre la decadencia y las aspiraciones a ser futuro.

Luego llegaron los años de oxidación, de recibir orines y excrementos, de albergar fogatas e improvisadas camas, de ver crecer el pasto en todas las hendijas, de sentir caer molduras y abrirse grietas. Crujió por años ante la mirada de todos.

Ahora ha sido puesta nuevamente bajo administración estatal. Duele preguntar, pero ¿qué tratamiento requiere una construcción abusada por la ciudadanía y los gobiernos, en reiteración real? ¿Cuántos millones cuesta el mero apuntalamiento de una estructura con tal deterioro?

En momentos en que se cuestiona la edad de retiro jubilatorio y la zona amaga recesión ¿de verdad enfrentaremos un gasto que no hicimos en plena bonanza?

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