Álvaro Caso
Álvaro Caso

Viralización desde la historia

Las medidas tomadas por gobiernos alrededor del mundo y los efectos que estas políticas procuran generar en el cortísimo plazo apuntan a una característica de la nueva pandemia -y de otras más atrás en el tiempo-: su dimensión social que se superpone, y coadyuva, a la faceta biológica del patógeno.

En los grupos de profesionales que rodean a los decisores en esta hora crítica, sin embargo, no se nota gran cantidad de especialistas en patrones de comportamiento humano a través del tiempo que doten de mayor perspectiva, acaso densidad, al problema y a las respuestas dadas hasta el momento.

Algunos expertos en el pasado humano y en patrones de comportamiento a lo largo del tiempo, han llevado su perspectiva a la opinión pública.

El pasado fin de semana el historiador más leído en las últimas décadas, Yuval Harari, publicó una columna en el Financial Times en la que llama la atención sobre los distintos posibles usos de grandes cantidades de datos para responder a la pandemia. Otro historiador, Niall Ferguson, por su parte, lanzó un documental en tres episodios llamado Networld, algo así como el mundo en red, cuyos capítulos están disponibles gratis en YouTube -si quiere sacarle provecho al distanciamiento social que hoy impera.

Las perspectivas de Harari y Ferguson, entre tantas otras de humanistas y cientistas sociales que echan luz sobre este momento, demuestran la importancia de ver la pandemia actual a través de un prisma histórico. Me interesa rescatar un concepto de cada material y conectarlos, para hacer algunas reflexiones sobre la problemática actual.

En su documental, Ferguson se pone al frente de un equipo interdisciplinario para explorar el fenómeno de las redes sociales en la historia de los últimos 500 años. Harari vuelve a reflexionar sobre una idea ya presente en su best-seller Sapiens: las consecuencias imprevistas y de larga duración de ciertas decisiones y comportamientos humanos -algunos que datan de cientos o miles de años atrás.

La sedentarización y densificación poblacional que comenzaron miles de años atrás con la revolución agrícola, dice el historiador y filósofo israelí, tornó a los humanos más vulnerables a patógenos que el nomadismo.

De manera similar, la amplificación de las posibilidades de circulación de personas y bienes, gracias a la tecnología aplicada y viajes de larga distancia, también magnificó la circulación de los microorganismos que viajan con y en nosotros. Cada experiencia de mayor interconexión, ayudada por la tecnología -desde las caravanas que unían el Mediterráneo con el Lejano Oriente, pasando por las carabelas de portugueses y españoles, hasta el barco de vapor y el jet low-cost- ha tendido vectores y nodos sociales en los espacios del planeta.

Antes de que existiera Facebook, nos recuerda Ferguson, existieron y existen redes sociales muy concretas: desde familias con miembros en varias partes del globo, hasta clubes o asociaciones con alcance mundial, pasando por redes corporativas y de capitales.

Con cada una de estas conexiones han surgido nuevos patrones de comportamiento y expectativas.

La historia nos da muestras, también, de cómo estas redes y conexiones trajeron consigo grandes disrupciones. La circulación de saberes ignotos e ideas revolucionarias han hecho temblar las bases de sucesivos sistemas de poder; la accesibilidad de ciertos bienes de consumo sustituyó a otros; el contacto con gentes de otras partes del globo dio pie a teorías diseñadas para justificar su sometimiento; el desplazamiento de patógenos para los cuales no se habían desarrollado inmunidades trajo consigo el declive de poblaciones enteras.

Tanto Harari como Ferguson, entonces, describen cómo el mundo ha marchado, en especial en los últimos 500 años, hacia una mayor facilidad en la circulación de bienes, personas, ideas y, tangencialmente, de microorganismos. La última de estas conexiones, ‘la autopista de la información’ o la ‘red de redes’ que es internet, reformuló, incluso, el significado de la viralización o de lo viral.

En los últimos diez años y a fuerza de bits que transmiten tuits, audios de whatsapp y tik-toks, esta noción de diseminación extrema y más allá de intenciones se desprendió de limitaciones físicas. A la luz de esta historia un tanto triunfalista de la marcha, casi inexorable, de la integración mundial es interesante que el principal efecto del COVID-19 sea precisamente lo contrario: el poner distancia en un mundo que, supuestamente, las había eliminado; el parar la circulación en la era de los grandes flujos de personas y bienes; el que las grandes estructuras supranacionales de la era de la globalización estén ausentes.

En otras palabras, que haya sido un virus diseminado sobre siglos de redes e interconexiones superpuestas, lo que detenga, al menos temporalmente, otras viralizaciones -tanto en el sentido estricto de contagio de patógenos, como en un sentido lato de diseminaciones extremas y un tanto involuntarias.

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