Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Zona de confort ideológico

En una reveladora entrevista que le hizo Martín Tocar, publicada el sábado pasado en El Observador, el exintendente y excandidato Daniel Martínez evocó una declaración de su compañera de fórmula Graciela Villar: “Tampoco sabía que Graciela iba a tener ese primer posicionamiento -cuando dijo que la elección era entre oligarquía y pueblo-, que ella misma se dio cuenta que se había equivocado, que no se ajustó al tono y no contribuyó”.

Tal vez me equivoque, pero es la primera vez que me entero de una discrepancia frontal de un dirigente frenteamplista con el lugarcomunismo maniqueo de la lucha de clases.

La cita es aún más sorprendente porque da a entender que la misma candidata a vice, que había formulado la disyuntiva, admitió que falló al hacerlo.

Sin embargo, esta base principal del pensamiento marxista, sustentada en la dialéctica hegeliana, sigue siendo el lugar común al que acude la oposición para desacreditar al oficialismo.

Se repitió antenoche en el programa Todas las voces de Canal 4, donde el diputado socialista Gonzalo Civila respondió a la pregunta de Daniel Castro, en el sentido de si estaba vigente la lucha de clases, con un categórico “absolutamente”. Sus antagonistas en esa ocasión argumentaron en contrario con diversas razones. El diputado nacionalista Rodrigo Goñi debió informar que el desarrollo del empleo solo se logra en forma genuina con inversión privada, y para ello dio el ejemplo de los US$ 70 millones invertidos por los gobiernos anteriores en el Fondes, velitas encendidas al socialismo que terminaron en empresas fundidas, deudas incobrables y más desocupación.

Su par colorado Gustavo Zubía se mostró directamente irritado de que en el Uruguay de hoy se tuviera que seguir discutiendo sobre un conflicto tan anticuado como el de la libertad de mercado y las doctrinas colectivistas, ya descartadas por la historia.

Pero así estamos en este país al que algunos dicen que se debe venir cuando se produzca el fin del mundo, porque aquí todo tarda 20 años más en llegar.

Uno no para de escuchar a gente grande, culta, incluso con formación universitaria, acusar al gobierno de favorecer a los ricos en detrimento de los pobres. Reclama una renta básica universal extraída de una caja aparentemente inagotable, que supuestamente se obtendría aumentando impuestos al “gran capital”, ese que sería el primero en rajar si lo penalizaran, dejando tan loable misión de nutrir las arcas públicas sobre los hombros de los micro, pequeños y medianos empresarios: ellos y sus sufridos empleados serían los primeros en pagar esa fiesta absurda.

Lo que honestamente me cuesta entender es cómo personalidades principales de la oposición siguen apelando a esa fórmula maniquea, la misma que denunciaba una “rosca oligárquica” e incendiaba la pradera de una democracia plena, allá por los años 60 del siglo pasado. Por suerte -por ahora- no se convoca al violentismo como entonces, aunque algunos miran las revueltas de Chile de octubre del 2019 con morbosa delectación. Pero los lugares comunes se repiten en forma invariable y el debate político se contamina así de una peligrosa combinación de ignorancia de un lado y didactismo infructuoso del otro.

Si nos atenemos al resultado de las últimas elecciones nacionales, que se continúa en los favorables índices de aprobación al presidente, podría inferirse que una vasta mayoría de los uruguayos no se come más la pastilla. Pero el tozudo empeño que tienen algunos frenteamplistas en mantener la polarización, agitando eslóganes arcaicos, hace sospechar que esa zona de confort ideológico sigue gozando de buena salud. Que tal vez hay que buscar la derrota del FA en algunos hartazgos puntuales, sobre todo de los ciudadanos del interior, pero que en lo estrictamente cultural, el discurso maniqueo sigue y seguirá rindiéndole.

Está claro que no la tiene fácil, porque no se enfrenta a vampiros de derecha con colmillos, como desearía, sino a una nueva generación de políticos centristas, cuyo pragmatismo no les impide responder con sensibilidad a las injusticias sociales. Tal vez por eso, los voceros del desastre procuran simplificar el debate, bastardearlo atrás de la reivindicación clasista y no dudan en dramatizar cualquier hecho aislado para alimentarla. Pero un componente esencial para lograrlo es la credibilidad y esta se construye a partir del ejemplo que ellos mismos han dado al ejercer el gobierno. Por eso, la coalición republicana no debe apelar a la herencia maldita como un subterfugio para atenuar errores propios, solo porque el adversario cometió otros similares.

Debe informar objetiva y lealmente sobre el daño que hicieron las prácticas populistas en la vida económica y social y sobre la debacle de los países que aún hoy se apegan a esta ortodoxia.

Hace 50 años, la utopía mentirosa que pintaron unos teóricos llevó al sufrimiento y la muerte a una vasta generación de jóvenes idealistas. Ojalá la izquierda asumiera hoy el rol de discrepar con fundamentos y evitara echar mano a aquellas engañosas consignas.

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