Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

El voto panza llena

En nuestra edición del pasado domingo 10, la periodista Paula Barquet publicó un interesante reportaje sobre la campaña “voto a voto” del Frente Amplio: la de los militantes que visitan casa por casa, con el fin de recuperar sufragios perdidos en la elección de octubre.

El artículo es muy valioso porque devela la dedicación que ponen estos ciudadanos de a pie en una misión que, además, se basa en datos técnicos previamente analizados: comparan los votos de los mismos circuitos en 2014 y 2019 y eso les permite detectar en cuáles hubo mayores pérdidas, para diseñar tácticas de saturación sobre dichos territorios.

Me resultó particularmente reveladora la batería de argumentos que compartió con Barquet una de estas ciudadanas, Violeta Araceli Pintos, que representa a un comité de base del Cerro en el Plenario Nacional del FA. Ella explica la baja votación del oficialismo en dos “características” del votante frenteamplista: “el voto panza llena y el voto falta de memoria”. Este último es, obviamente, una exacerbación de la crisis de 2002. Ha sido una constante del discurso preelectoral del FA la distorsión del pasado, en el formato “niños que comían pasto” y “policías que vestían harapos”. Tienen la ventaja de que ya pasó bastante tiempo, lo que hace fácil convertir una época tormentosa en una película de terror. Pero, lo que me parece más revelador del despiste estratégico en que se encuentra sumida la campaña del FA es el otro voto, el “panza llena”.

La militante barrial declaró a la periodista que “el voto panza llena cree que los logros que tiene -que son muy buenos logros y debidamente obtenidos- los tiene por su trabajo solamente. Y no, no es solo por su trabajo”. Me pregunto qué le responderán las personas que han perdido su empleo, porque han cerrado las empresas donde trabajaban o ellos mismos debieron clausurar sus propios microemprendimientos, abatidos por la presión impositiva y las altas tarifas. Qué les dirá esa creciente proporción de desocupados, a quienes el candidato les espeta por TV, recién una semana antes de la elección, la sartoriana promesa de 90.000 puestos de trabajo.

Cómo reaccionarán los pequeños comerciantes que están hartos de que los rapiñen a cada rato, cuando el partido responsable de lo que les pasa, por omisión, les dice que se quejan de llenos.

En estas semanas, esa hipótesis a la vez victimista y recriminadora, que acusa al ciudadano de haberse equivocado, ha ganado el discurso oficialista y las redes sociales. He leído comentarios tales como que la clase media es la culpable de la debacle del FA, a la que acusan de elegir con egoísmo y rapacidad.

Cierta vez leí con estupor que, en una entrevista ofrecida al semanario Búsqueda, el hoy intendente Christian Di Candia dijo que el malhumor de la gente es porque antes “viajaban a Brasil dos veces en el año y ahora viajan solo una” (sic), algo parecido a lo que hace poco dijo el candidato Daniel Martínez de los viajes a Miami.

El Frente Amplio insiste en vanagloriarse de un supuesto apogeo del consumismo, que por un lado resulta brutalmente contradictorio con la superpoblación de indigentes que duermen a la intemperie y, por el otro, impresiona como paradójico, viniendo de una izquierda que siempre ha despotricado contra el capitalismo y la exaltación del éxito material.

El gen colectivista que los anima niega el mérito individual a quien progresa con su esfuerzo y creatividad: todo se debe a una concesión graciosa de un supuesto papá Estado socialista, que se hace cargo de las maduras (cuando la soja valía oro) pero no de las verdes (cuando el déficit crece y la presión impositiva se torna insoportable).

El mismo domingo 10 en que salió publicada la investigación periodística de Barquet, el poeta Raúl Castro dijo por televisión que la decisión del 24 será entre el individualismo y la solidaridad. La disyuntiva parece muy vendible, pero en esa ilusión maniquea, cuesta mucho argumentar por qué el 60% de los ciudadanos se inclinó por sus propios egos, por qué más de doscientos mil ex votantes frenteamplistas se despegaron la etiqueta solidaria. ¿No habrá llegado la hora de que empiecen a cuestionar sus propias certezas?

Tal vez el factor más interesante de esta elección histórica es que ha enfrentado a la izquierda con la inutilidad de su omnipotencia. El edificio venía siendo muy bien construido desde 1971 con la argamasa de la emoción. Pero los años pasaron, llegó la experiencia de gobierno. Se produjeron errores, corrupción, ocultamientos, expectativas frustradas, manejos de cúpulas, y con agitar una bandera, reivindicar pureza y satanizar al adversario no alcanza para abatir el desencanto. Menos aún con negar la realidad, reinventándola como ellos quisieran que fuera y no como lo que es.

Hay un límite al pensamiento mágico de las panzas llenas. Es el que marca el hartazgo de la gente ante la manipulación de la verdad.

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