Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Sócrates al revés

Hace unos días, Bolsonaro insultó de una a todos los argentinos, acusándolos de tener “el gobierno que merecen”. El último debate presidencial estadounidense estuvo plagado de descalificaciones que Trump espetó contra su adversario, quien en más de una oportunidad le respondió al mismo nivel.

Estos improperios no se pronuncian al azar. Es imposible creer que la verborragia violenta de líderes políticos de primera línea se deba simplemente a reacciones espontáneas.

La semana pasada escribíamos sobre la “espiral simplificadora” que el modelo de negocios de los gigantes de internet ha instalado en nuestros cerebros: las redes no nos exponen a toda la información que existe, sino que seleccionan para nosotros aquella que puede interesarnos, en función de nuestros clics precedentes. Así, en lugar de ampliar la fuente de conocimiento y enfrentarnos a puntos de vista disímiles que podrían problematizar nuestras falsas certezas, lo que hacen es agregar e incrementar prejuicios, para convencernos de los paradigmas instalados y extinguir cualquier duda o cuestionamiento.

El discurso político y cultural está apostando a una estrategia similar: ya no se ponen argumentos racionales sobre la mesa, se tiran al voleo eslóganes y falacias ad hominem para hacer mella en cerebros haraganes. Este es el paradójico resultado de una época en que, gracias a la revolución de las comunicaciones, tenemos a nuestro alcance en minutos cantidades de información nunca antes recibida por una persona a lo largo de toda su existencia.

Suelo seguir las apariciones televisivas de un personaje mediático argentino, Javier Milei, porque veo en él un ejemplo viviente de esta distorsión comunicacional que se ha transformado en moda. Si uno tamiza su discurso de los exabruptos con que los condimenta, Milei dice cosas razonables, muy necesarias para un país como el suyo, víctima reincidente del populismo. Sin embargo, el talante siempre agresivo del personaje, la descarga incontenible de malas palabras que vomita sobre sus adversarios, contradicen su apelación a la razonabilidad. La contradicen para mí, pero no para sus miles de seguidores, que ven en esa violencia un signo de franqueza y no lo que es, un irrespeto prepotente del pensamiento del prójimo. Milei es un showman que por un lado está ayudando a sus compatriotas a despertar de ciertos prejuicios del pensamiento mágico peronista, pero por otro los empuja a un dogma que no admite matices ni interpretaciones críticas.

Es el reverso del método socrático: en lugar de formular las preguntas pertinentes para echar luz sobre las contradicciones del prójimo, lo somete a una humillación interminable para socavar su credibilidad desde el patoterismo más primitivo: el producto perfecto para la sociedad contaminada por el totalitarismo de las redes sociales. Muchos liberales sentirán que así y todo vale la pena, porque alienta el cambio cultural utilizando los mismos medios espurios de quienes defienden el statu quo.

La pregunta que cabe hacerse es si puede haber un verdadero cambio cultural a base de puteadas o si este solo se construirá de verdad mediante la razón y el estímulo del espíritu crítico.

Son los dilemas de un tiempo en que el déficit cultural impacta como nunca en la vida de los países.

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