Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Sean buenos

Los hechos de notoriedad que involucraron a estudiantes vilipendiando un cadáver y su sanción posterior, merecieron un agudo editorial de Emiliano Cotelo, en el programa radial.

Los hechos de notoriedad que involucraron a estudiantes vilipendiando un cadáver y su sanción posterior, merecieron un agudo editorial de Emiliano Cotelo, en el programa radial.

El periodista se preguntó si la insuficiente sanción decretada no respondía “a cierta cola de paja de las autoridades, que se vieron acorraladas por la polémica que provocó este hecho, pero que saben que es una hipocresía castigar a una generación por lo mismo que se le ha permitido a todas las demás”. Seguramente esa conjetura nace de unas reveladoras declaraciones a El Observador TV del decano de la Facultad de Medicina de la Udelar, Fernando Tomasina. Cuando el periodista Leandro Gómez le pregunta si cree que existen antecedentes de este tipo de cosas, el decano responde que “hay más difusión en las redes sociales” y que “situaciones que rozaban lo ético han existido”. Sobre al estudiante que jugó con el cadáver, lo califica de no estar “maduro para ejercer la profesión”, pero confía que “en un proceso de rehabilitación puede adquirir la competencia”.

Al mismo tiempo, trascendió que la Academia Nacional de Medicina había formulado una enérgica declaración de rechazo a este hecho y a las muertes violentas en las colonias Etchepare y Santín Carlos Rossi, pero luego debió relativizarla ante la queja de algunos médicos y organizaciones sindicales implicadas.

La primera reflexión que merecen estos casos lleva a poner en tela de juicio ciertos vicios que ostentan algunos sectores corporativos en el país. Más de una profesión parece tener su propio repertorio de anécdotas estudiantiles transgresoras, pretendidamente divertidas. Recuerdo a un amigo que, en épocas de dictadura, había pasado por el liceo militar y me contaba como un chiste el hostigamiento de los estudiantes veteranos sobre los novatos, incluyendo formas de violencia que llegaban a la tortura lisa y llana.

Llama la atención que la detección de irregularidades graves ya no motive renuncias ni remociones de responsables, como si no los hubiera y todo fuera producto de la casualidad o de la tozudez de los periodistas que publicaron estas cosas, cuando hubiera sido preferible seguir barriéndolas debajo de la alfombra.

Pero hay un déficit aun más relevante: el de la ética como motor educativo y de conducta profesional. Convivimos con una moral posdiscepoliana en la que todo vale y todo pasa y nada queda.

Hoy más que nunca viene a mi memoria un discurso del decano de la Facultad de Medicina del Claeh, Dr. Humberto Correa, en ocasión de la graduación de la primera generación de médicos de esa institución, en 2011: “ustedes deben de ser los nuevos médicos, clínicos, críticos y humanos. Sean buenos con los pacientes. La medicina, tan noble como realmente es en sí misma, muchas veces se viste de un traje duro de empaque, economía y orgullo. Quítense ese traje, no tengan miedo de ser simplemente buenos. No se los impongo -no podría-, no les doy la monserga de que así serán más felices -aunque posiblemente sea cierto-, simplemente se los pido como alguien que ha recorrido ya una larga vida y cree haber vislumbrado alguna clave en la incertidumbre del existir. Los enfermos necesitan eso -la gente necesitamos eso-, y los más graves o los más frágiles mentalmente lo necesitan mucho más”.

Son palabras de una sencillez que sorprende, tal vez porque los valores más obvios son los que más rápidamente enterramos bajo la vorágine cotidiana de la frivolidad y la soberbia ignorante.

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