Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

San Nazar, comediante y mártir

Parafraseo aquí el título de un famoso libro de Jean-Paul Sartre sobre la vida y obra de un escritor maldito de la Francia del siglo XX, Jean Genet.

San Genet, comediante y mártir cuenta la vida y analiza la obra literaria de ese autor, que trasmutó un pasado delictivo en textos cargados de violenta poesía, como sus obras de teatro Las sirvientas, Severa vigilancia y El balcón. El título de la biografía escrita por Sartre es un guiño sutil a quien fuera un auténtico “comediante y mártir”, San Ginés, un actor romano del siglo III después de Cristo, en cuyo homenaje se celebra el Día Mundial del Actor todos los 25 de agosto (en Uruguay lo recordamos el 26).

La peripecia vital de Ginés de Roma está a caballo entre la historia y la leyenda. Se cuenta que en una representación cómica que brindó al emperador Diocleciano, realizó una parodia burlona del acto de bautismo, práctica por entonces extravagante llevada a cabo por una secta fuertemente despreciada y perseguida en esos tiempos, la de los cristianos. Lo que narra la leyenda es que esa parodia provocó un contradictorio “milagro” tanto en quien la realizaba como en su principal espectador, Diocleciano, quienes de manera imprevista abrazaron desde ese instante la fe cristiana. Pero el sistema pagano de la época no le perdonó al actor tamaña rebeldía, ordenando su tortura y decapitación.

Así, quien inicialmente se burlaba de la iglesia, terminó siendo canonizado por ella, una contradicción genialmente dramatizada por Lope de Vega, que en 1608 escribió en su honor la tragicomedia Lo fingido verdadero. El gran autor español se da el lujo de filosofar en esta obra sobre los imprecisos límites entre la realidad y el arte, un tema que a los teatristas nos obsesiona, en la medida en que creamos espacios de ficción fuera de los límites de la página de un libro, el marco de un cuadro o la pantalla de un cine: allí mismo donde la realidad del espectador los comparte.

A esta altura, el lector se preguntará qué tiene que ver esto con la actualidad, que este columnista se dedica a comentar todos los miércoles.

Pues tiene que ver y mucho. Porque sorprendentemente, a fines de julio de 2021, semanas antes del Día Mundial del Actor, el martirologio de San Ginés se reeditó de una manera casi idéntica.

Un comediante afgano llamado Nazar Mohammad, muy popular en su país a través de la red social Tik Tok, fue fiel al objetivo de cualquier humorista: mostrar el lado ridículo de todo lo que se sacraliza o se quiere imponer como trascendente. Ese espíritu burlón se metió incluso con el régimen talibán.

El resultado no se hizo esperar: dos energúmenos armados fueron a buscarlo a su casa. Un video doméstico registra el momento en que lo suben a empujones al asiento trasero de una camioneta. Uno de los criminales mira algo en su moderno iPhone, mientras Nazar sonríe y parece estar haciendo chistes, acaso como válvula de escape al miedo que estaría experimentando. El del iPhone le pega dos bofetadas y vemos cómo la expresión del actor cambia, acaso tomando conciencia de su final inevitable.

Los cables internacionales informan que escasos minutos después, fue amarrado a un árbol, baleado reiteradamente y degollado.

Parece que la evolución de la humanidad fuera ilusoria. Al día de hoy, Ginés de Roma sigue siendo decapitado, en castigo por el delito de hacer reír. Otra vez caen asesinados los dibujantes satíricos de Charlie Hebdo. Los bolsones de intolerancia que subsisten en el mundo siguen matando a artistas y disidentes. No importa si son intelectuales con bagaje político e ideológico o ingenuos payasos de feria: continúan cayendo bajo el atroz imperativo fundamentalista de eliminar al diferente.

La noticia salió en los diarios de nuestro país y del mundo como una extravagancia más del régimen talibán, que también somete a escarnios incalificables a adversarios políticos y a todas las mujeres por su sola condición de tales, mediante censura, vejámenes, torturas y ejecuciones sumarias.

Enterarse de estos crímenes monstruosos y, al mismo tiempo, tener que soportar a comentaristas justificando al régimen talibán, desde sus cómodos sillones occidentales, me provoca una muy especial repugnancia.

En una interpretación absolutamente falaz del multiculturalismo, escucho reiteradamente a sabihondos que culpan de este genocidio a los Estados Unidos, pero no por haber pactado su retiro de Afganistán, sino al contrario, por haber combatido al régimen talibán e intentado proteger al país de esos fanáticos liberticidas. Habrá razones para cuestionar la política internacional norteamericana, pero de ahí a simpatizar con esa runfla de terroristas, hay un trecho demasiado largo.

No denunciarlos, no elevar nuestras voces indignadas por sus fechorías, por el solo hecho de que sean ocasionales enemigos de “los yanquis”, es también una forma de simpatizar con ellos.

No hay lugar para el silencio indulgente: los artistas del mundo libre debemos declarar fuerte y claro nuestro rechazo visceral a estos nuevos verdugos de Ginés.

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