Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Saltar la reja

Hay imágenes que resultan muy similares en su forma, pero son antitéticas en su contenido. Eso sentí anteayer, cuando vi la foto de Juan Guaidó escalando la reja que lo separaba ilegítimamente de una sesión de la Asamblea Nacional de Venezuela.

Inmediatamente la asocié con otra imagen, que había visto en setiembre de 2017: una mujer trepando una reja similar, la de una escuela pública montevideana, pero no para oponerse a un delito, sino para ejercerlo. Traspasó ese límite y la emprendió a golpes contra una directora y una maestra, que antes la habían citado para cuestionar sus omisiones de madre.

Ayer Guaidó logró ingresar a la Asamblea Nacional, al frente de los diputados censurados por la dictadura de Maduro. El proceso fue registrado por las cámaras de televisión y reveló el extraordinario arrojo personal de estos ciudadanos, que se enfrentaron cara a cara con los militares antimotines, les explicaron sus razones, a veces a los gritos, y fueron ganando espacios trabajosamente, hasta ingresar al hemiciclo y dar por iniciada la sesión. Todo esto a pesar de los “colectivos" que patoteaban a la prensa y procuraban encender la mecha de una violencia que estuvo todo el tiempo a punto de explotar.

Releo la crónica de El País de hace dos años para recordar aquella otra trepada de reja: la mujer que la perpetró "golpeó la cabeza de la directora de la escuela varias veces contra el marco de una puerta y le dio un puñetazo en la oreja", según el expediente judicial.

De pronto siento que el destino de América Latina sigue suspendido entre estos dos saltos de rejas: quienes lo hacen a fuerza de coraje, para demostrar a sus pueblos que no deben doblegarse ante una dictadura, y quienes lo hacen desde la más repudiable impunidad antisocial, para avasallar los derechos del prójimo.

Nino Bravo, aquel recordado cantante español, interpretaba una canción muy indicativa de la visión que tenían (y aún tienen), los europeos sobre nuestro subcontinente. Era un supuesto homenaje a América que tenía más de visión edulcorada que de verdadero elogio. La canción decía "todo un inmenso jardín, eso es América", asumiendo que el único aporte que podíamos hacer a la cultura mundial era la belleza de nuestros paisajes naturales.

Lo que más me enojaba era cuando decía "danzas de guerra y paz de un pueblo que aún no ha roto sus cadenas". Era paradójico que Bravo cantara eso en plena dictadura franquista, señalando a países que felizmente habíamos superado los procesos dictatoriales o estábamos en vías de hacerlo.

Sin embargo, la determinación de Guaidó, (tan heroica como la de Wilson Ferreira Aldunate, cuando regresó al país en barco, desoyendo las amenazas de la dictadura), revela la vigencia de aquella canción simplista: en este continente aún no hemos logrado romper las cadenas. En Venezuela son las que impone un dictador demencial y genocida. Y en Uruguay, las que consolidan la ignorancia y la violencia, crecidas al amparo de una cultura narco que se adueña de territorios donde el Estado no llega.

Ya logramos legar a nuestros hijos una democracia consolidada. Ojalá podamos heredarles una sociedad integrada, pacífica y plural.

El desafío comienza por alcanzar un amplio consenso político en evidencias tan simples como que Nicolás Maduro es un dictador despreciable, o que puede haber cosas más lindas que entrar a un banco con una 45 en la mano.

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