Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

De Rodó a Coelho

"Hay gente rica y poderosa que nos detesta porque tenemos olor a pueblo", dijo el expresidente Mujica este fin de semana en el Platense Patín Club, apelando a su siempre rendidor discurso maniqueo.

La ventaja del maniqueísmo es que resulta extremadamente confortable para las mentes perezosas. De un lado los ricos y poderosos, seguramente oliendo a perfume francés y del otro, el "olor a pueblo", las eternas víctimas del discurso dicotómico.

Todo debería indicar que un esquematismo tan simplificador sería de recibo solo para personas con escaso bagaje cultural y capacidad de reflexión. Gente a quien, con las peores intenciones, el sistema educativo retaceó herramientas intelectuales, para adocenarla convenientemente en el paraíso del consumo en cuotas, el fóbal, el reguetón y el porrito de las siete y media. Gente preparada para obedecer, para no cuestionar, para limitarse a ser fuerza de trabajo que pague impuestos y que vote lo políticamente correcto, lo que tiene "olor a pueblo".

Uno tiende a suponer que entre los sectores mejor educados, esa tontería discriminatoria y estigmatizante no debería generar adeptos. Pero lo logra.

En ocasión de la famosa "contracumbre" organizada por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), a la que Mujica tuvo el ingenio de no acompañar, los organizadores postearon en las redes un discurso de similar temática, que fue aplaudido a rabiar, ovacionado por el público presente. Allí el expresidente planteaba una lucha histórica entre una "cara conservadora" y otra "cara solidaria", que había que atizar siempre, porque nunca se alcanzaría una victoria definitiva.

En ese punto cabe preguntarse si dentro de la "cara solidaria" pueden incluirse el uso irresponsable de los dineros públicos, la exoneración de impuestos a grandes inversores que no se refleja en la saña tributaria que se practica contra los pequeños empresarios, la bancarización obligatoria, los pésimos resultados educativos para los quintiles más desfavorecidos, y tantas otras lindezas que dicha "cara" nos ha venido regalando en los últimos gobiernos.

Cuando analizamos estos temas, tendemos a cargar las tintas en Mujica, en su retórica simplista y falsamente moralizante. Pero nos equivocamos. Mujica no es la causa sino la consecuencia. No es el generador de esta filosofía de mesa de saldos, sino el principal emergente del sustrato ideológico que anida desde hace mucho en todos nosotros.

No fuimos capaces de leer, divulgar y discutir a nuestros mejores intelectuales. No fuimos aptos para construir un Estado que sirviera de contrapeso a las evanescencias del mercado: nos contentamos meramente con engordarlo, para convertirlo en vaca lechera prebendaria de unos pocos y exprimidor de otros muchos.

Ahora el daño está hecho. Las nuevas generaciones no se miran en Rodó, Vaz Ferreira y Real de Azúa. Se miran en Mujica porque es más fácil, más digerible, porque ofrece un recetario de buenos sentimientos, tan sencillo como los que pregonan Paulo Coelho y Jorge Bucay, pero con la mística de un pasado revolucionario teñido de romanticismo.

Cada vez que un comunicador de renombre, sea o no dirigente político, desarrolla un discurso maniqueo, tendría que sonarnos una alarma. Pero no es así. La pereza intelectual, a horcajadas de la incultura, sigue aceptándolo, como un arrullo.

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