Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Rebelión en la granja

Hay algo que a los ciudadanos de a pie nos tiene hartos, y es bueno que el gobierno lo sepa: la manera creciente como frenteamplistas de distintos sectores se despellejan entre sí a la vista de todos.

Hay algo que a los ciudadanos de a pie nos tiene hartos, y es bueno que el gobierno lo sepa: la manera creciente como frenteamplistas de distintos sectores se despellejan entre sí a la vista de todos.

Es verdad que a los opositores fanáticos les debe resultar divertido asistir a ese fantástico circo auto destructivo, pero quienes estamos preocupados por los grandes problemas del país, con prescindencia de intereses partidarios o sectoriales, ya colmamos nuestra capacidad de irritación.

Con la rebeldía de tres diputados a unos artículos de la ley de presupuesto se hizo una tormenta en un vaso de agua. El asunto fue irrelevante en comparación con la sorprendente cantidad de veces en que no tres, sino decenas de legisladores, dieron la espalda al presidente en decisiones clave para el país.

Jugando a favor de los moderados (Antel Arena, esencialidad, TISA) el presidente terminó invariablemente cediendo a la presión de los radicales y traicionando lo que él mismo había postulado. Recientemente se apoyó en los radicales y ejecutó a dos expertos en educación que provenían del ala moderada.

Pero la práctica oficialista a nivel legislativo es aún más preocupante.

El presidente o el canciller proponen una idea y los senadores y diputados de su propio partido son los primeros en cuestionarla. A veces son muchachos muy jóvenes que hacen sus primeras armas parlamentarias, y que están ahí gracias a haber integrado una ignota lista encabezaba por una locomotora de votos llamada Tabaré Vázquez. Pero ellos mismos, hoy, en una sensación de omnipotencia difícil de entender, declaran a la prensa una y otra vez que “el presidente se equivocó”, que “nosotros se lo dijimos y él no nos hizo caso”… Tiene que haber alguien, si no un dirigente al que hagan caso, al menos un asesor de comunicación, que les explique que deben una mínima lealtad al líder que ellos mismos promovieron como conductor del estado. Y no para proteger la supervivencia de la “fuerza política”, que en lo personal poco me importa, sino para dejar de exhibir a la ciudadanía una indisciplina tan impúdica, una sensación de barco a la deriva con mil capitanes y ningún grumete. No me imagino ni a Sanguinetti, ni a Lacalle Herrera ni a Batlle bajando la cabeza ante semejante rebelión en la granja.

Procuran convertir la debilidad en una fortaleza, diciendo que integran una fuerza política “de hombres libres”. El problema es que la mitad de esos hombres libres cree en la economía social de mercado y en la democracia representativa, y la otra mitad en el dirigismo estatal y el mesianismo revolucionario. Entonces, ese conflicto siempre se resuelve a favor de la mitad de hombres libres con capacidad para hacer paros y ocupar y enchastrar edificios públicos.

Recurren cada vez con más frecuencia al expediente de apañar sus conflictos internos estigmatizando a la oposición por derechista, enemiga de clase, etc. En un nivel de argumentación de evidente pereza intelectual, zafan de las graves irregularidades que está detectando la comisión investigadora de ANCAP, atribuyéndole una oculta intencionalidad privatizadora.

¿Nos querrán hacer creer que para defender las empresas públicas, no deberíamos denunciar cómo las funden?

El jueves 22, el Partido Independiente organizó un seminario denominado “El espacio socialdemócrata en el Uruguay de hoy”, que reunió en torno a una misma mesa a colorados, nacionalistas, independientes y frenteamplistas moderados. Fue verdaderamente impactante escuchar la coincidencia de criterios entre gente como Alejandro Atchugarry, Tabaré Viera, Eber Da Rosa, Ana Ribeiro, Gabriel Oddone, Esteban Valenti, Heber Gatto y Pablo Mieres. Comprobándolo, resulta difícil explicarse por qué están votando en cuatro lemas diferentes, qué impide que en este país exista una corriente electoral única que contenga a quienes creen en la conjugación de la democracia con la justicia social. Un polo ideológico que perciba a la educación pública como la única herramienta válida de movilidad social, en lugar de apostar a su destrucción, para comprar votos ignorantes con asistencialismo.

Una comunidad de defensores convencidos de la democracia republicana y de una administración austera y cuidadosa de los dineros públicos. De dirigentes cultos e intelectualmente honestos, que dejen de echar mano a payadas fundamentalistas de boliche.

Quienes no revoleamos camisetas partidarias, aguardamos el día en que una nueva formación política se desembarace de las cabezotas leninistas que a pocos representan, y asuma el desafío de recuperar el timón con mano firme y proa a la equidad.

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