Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Rating pandémico

Imagine el lector que nos encontramos en Londres, a fines de 1940. La ciudad está bajo las bombas nazis durante 57 noches consecutivas.

Los niños son evacuados al campo, desde estaciones de trenes atestadas. Se reparten máscaras de gas en forma masiva. Suenan sirenas para que la gente corra como pueda hacia los refugios subterráneos.

Imagine ahora qué hubiera ocurrido entonces si los medios de comunicación se hubiesen dedicado a entrevistar a todos y cada uno de los generales al mando, para pedirles su opinión sobre qué hacer en tal emergencia. Aunque el ejemplo parezca extremo, eso es lo que está pasando hoy en el país con la pandemia.

Lo admitamos o no, estamos siendo azotados duramente contra el enemigo invisible, y en circunstancias como esta, los ciudadanos necesitamos una comunicación que nos ayude a enfrentarlo, en lugar de generarnos confusión.

Los mismos informativos de TV que, digámoslo con el mayor de los respetos, no han sido nunca muy asiduos divulgadores de la ciencia uruguaya, ahora entrevistan prácticamente todos los días a algún científico distinto, quien en más de un caso se sale del libreto del GACH y aporta sus propios pareceres sobre los contagios, el confinamiento, las vacunas y hasta las derivaciones económicas del asunto.

El caso más extremo que he visto en estos días fue el de un amigo informativista que preguntó a una experta si Uruguay entraría pronto en la etapa en que “los médicos tengan que desconectar a un paciente para salvarle la vida a otro”. No critico que los periodistas pregunten lo que deseen, por supuesto. Solamente digo que en esta guerra, el GACH es nuestro Estado Mayor Conjunto y la política de comunicación debería salir únicamente de allí: es hora de unificar criterios y no dispersarlos. Quienes no somos expertos en pandemias y estamos comprensiblemente atemorizados, no merecemos mensajes contradictorios que acentúen la incertidumbre. Debemos recibir directivas claras de qué hacer para ayudar a derrotar al enemigo. No puede pasar que un general nos diga un día que debemos mudarnos a los refugios, otro que basta con salir de casa con la máscara de gas y otro que nos augure que moriremos todos.

Los trapos sucios se lavan en casa, como decían nuestras abuelas. Dentro del ámbito del GACH deben darse todas las discusiones científicas que sean necesarias, pero es imprescindible que los mensajes que salgan a la población sean coherentes. El primer responsable de que esto no esté ocurriendo es el propio Grupo Asesor Científico, que tiene que alinear a sus huestes. Pero también cabe a los medios de actuar con otra cautela.

Está claro que la emergencia sanitaria es tema principal de los informativos, porque concita la mayor demanda de la audiencia. Lo que no está tan claro es que todos los días tengan que buscar a un especialista nuevo al que hacerle las mismas preguntas, como si procuraran a propósito contradicciones en un mensaje que debe apelar a certezas.

La diferencia entre los medios establecidos y las redes sociales radica justamente en eso, en que los primeros organizan la información para hacerla comprensible y coherente, mientras las segundas mezclan verdades y bolazos sin edición alguna, porque sus propietarios medran irresponsablemente con la polarización irracional. Y ganarle esta guerra a la muerte requiere, hoy más que nunca, de una comunicación responsable.

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