Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Prueba de fuego

Pase lo que pase este domingo, el resultado de las elecciones internas será un reflejo fiel de nuestro actual estado del alma.

Muchos votos se están decidiendo a último momento, con la mirada puesta en las encuestas, tratando de influir en la candidatura partidaria a la que el ciudadano asigna mayor relevancia en el corto y mediano plazo.

Tal vez el elector procure una carambola a dos bandas y no haya coherencia partidaria entre su voto de junio y el de octubre. Incluso si la proporción de votantes es menguada, eso hablará del nivel de compromiso cívico de un país detenido en el umbral de distintos destinos posibles.

Resulta inevitable formular hipótesis, previo a conocer los resultados.

Por ejemplo: una concurrencia a las urnas inferior al 37% de 2014. Si eso aconteciera, cerrá y vamos. No valdrá echar la culpa a la Copa América o al clima (los teatreros somos expertos en esas excusas cuando no vendemos entradas y la verdad es que son meros consuelos de fracasado). Si internas tan variadas como la del Frente y el Partido Colorado y otra tan crispada como la del Partido Nacional, no motivan una convocatoria masiva, se pondría de manifiesto una inquietante apatía ciudadana. ¿Y cuánto apoyo recibirá Manini Ríos, un candidato llamado, por un lado, a derechizar el espectro político y, por el otro, a empujar más al centro a aquellos de los partidos fundacionales, haciéndolos digeribles para el frenteamplista arrepentido? ¿Qué pasará con el Frente Amplio si avanzan Andrade y Cosse? ¿El proceso de radicalización de la coalición de izquierda es inevitable, aún con el liderazgo de un Martínez que debió pedir disculpas por haber dicho la obviedad de que la URSS fue un experimento fracasado? ¿Y qué ocurrirá finalmente con la interna del Partido Nacional? ¿La campaña sucia de Juan José Rendón dará resultado, convirtiendo a aquella Suiza de América en otra república bananera? ¿Funcionará entre los jubilados la demagogia barata de la tarjetita para recibir medicamentos gratis?

La publicidad de Sartori me recuerda a una anécdota que Jorge Denevi recoge en su obra de teatro autobiográfica “Tardes enteras en el cine”, tal vez una de las piezas nacionales más importantes que se han estrenado en los últimos años. Allí Jorge evoca a un jefe de programación (cubano o venezolano, vaya casualidad) de uno de nuestros canales de televisión abierta que, allá por los años setenta, solía decir que la capacidad mental del espectador adulto promedio en Uruguay era la de un niño de seis años. Por eso el tipo fabricaba programas tontos, acordes al infantilismo de un público que le retribuía altos índices de rating.

Los creativos de la campaña del sonriente paracaidista parecen pensar igual que aquel director de programación: la dramatización de la anciana que muestra su tarjeta al dependiente de la farmacia e induce a otro anciano a votarlo, es de un nivel tan zócalo que, de solo pensar que pueda tener éxito este domingo, provoca pavor.

Cuando reverdecen estos fenómenos espurios, uno se pregunta qué quedó del Uruguay de Batlle y Ordóñez, Wilson, Seregni, Batalla y Batlle Ibáñez. ¿Habrá que mirar este panorama desolador como una consecuencia inevitable del deterioro -intencionado o no- del sistema educativo? ¿Hay retorno de la debacle cultural y del relativismo ético? Como una prueba de fuego de la moral ciudadana, la elección de este domingo permitirá dar respuesta a estas preguntas.

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