Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Patada de Gaucho

Durante la dictadura, había una oficina de comunicación, cuya sola sigla aún eriza la piel de quienes amamos la libertad: Dinarp.

Esta “Dirección Nacional de Relaciones Públicas” era hiperactiva en la formulación y divulgación masiva de campañas propagandísticas del régimen. Me quedaron grabados en la memoria algunos de aquellos mensajes, por la manera perversa o ramplona como promovían un nacionalismo autoritario. De esa época, hay un aviso de antología. No recuerdo si correspondió a aquel insufrible “Año de la Orientalidad” de 1975, si lo sumaron a la campaña por el Sí del plebiscito del 80, o lo usaron para fustigar a Wilson Ferreira en la interna posterior.

Lo inolvidable es la ilustración del aviso: del mapa de Uruguay salía (literalmente) un pie enfundado en una bota de potro, bien de gaucho, que le pegaba (literalmente) un puntapié a una bota soviética, con hoz y martillo al tono. Era de una simpleza que lindaba en lo cómico. Los ideólogos del “proceso” no simbolizaban la dignidad nacional ni con Batlle y Ordóñez, ni con Saravia: cuando tuvieron que inventar un prócer, eligieron nada menos que a Latorre. Pero su símbolo habitual era el gaucho indómito, ese que se rebela contra las “ideas foráneas”; el que señala con dedo acusador a los tordos “que quieren empollar en nido ajeno”, como cantaban en la zambita “Disculpe”.

Estos recuerdos vinieron a mi mente a raíz de una jugada comunicacional de nuestro actual gobierno, que me parece muy similar a aquella.

Como si ya no tuviéramos problemas, al oficialismo se le ocurrió contestar un documento del Departamento de Estado de EE.UU., donde se advertía a los ciudadanos de ese país del riesgo potencial de visitar Uruguay, por el deterioro de la seguridad pública.

El comunicado volvió a activar esa inveterada manía de justificar los errores propios con conspiraciones ajenas. De un día para el otro, nuestro gobierno acusa a EE.UU. de querer incidir en la campaña electoral y responde poniendo la plancha, como en aquel aviso dinarpesco: la Cancillería advierte a los compatriotas de los peligros que corren si viajan al país del norte.

Uno piensa en la cantidad de pasajes a Nueva York que están a punto de ser devueltos para acatar esta advertencia. En los miles de uruguayos que viven en Estados Unidos y estarán pensando en volver, por la misma causa. Situaciones ambas que no parecen absurdas: lo son. La periodista Patricia Madrid se refirió al tema con humor, en otro de sus punzantes tuits: “Esperemos que Trump tenga el peluquín en orden porque, en donde lo agarremos cruzado, no volvemos a meter una naranja más, así nos manden a Guantánamo entero”.

Para algunos, la patada de gaucho fue una respuesta de dignidad; para otros, entre quienes humildemente me incluyo, fue algo similar a la cómica extravagancia del navegante que va en un velerito de 2 metros de eslora y le grita al capitán del transatlántico, “correte que paso yo”. Somos ese extraño país que no asume sus falencias y, cuando alguien se las señala, opta por satanizar al mensajero en lugar de resolverlas, o por simplificarlas atribuyéndolas a un enemigo poderoso y maléfico, cual argumento de DC Comics.

Ya no es la voluntad de construir un relato, en tiempos de posverdad. Menos que eso: es una predisposición instintiva a cerrar los ojos en el medio de la vía de tren, con tal de no mover el statu quo. Parafraseando al programa radial de Patricia y Viviana, así nos va.

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