Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

La pandemia de la que no se habla

Desde que se instaló la emergencia sanitaria y hasta el momento de escribir esta columna, se contabilizan 45 uruguayos fallecidos por coronavirus.

Parece interesante contrastar esta cifra con la que informó ayer la colega Analía Filosi en su informe sobre el suicidio: “En Uruguay, en 2019 se quitaron la vida 723 personas, elevando la tasa a 20,55 por 100 mil habitantes, el pico más alto desde 2002, año clave por la mayor crisis económica de los últimos tiempos. Cada tres días un joven muere en Uruguay como consecuencia de esta problemática”.

Asumo que los datos no son necesariamente comparables ni se debe incurrir en polarizaciones engañosas. No se trata de menospreciar la emergencia sanitaria, pero sí de prestar la debida atención a esta otra pandemia de la que poco se habla, salvo cuando se cumplen las dos fechas en que se realizan acciones de prensa conmemorativas: el 17 de julio y mañana 10 de setiembre, siendo la primera el Día Nacional y la segunda el Día Mundial para la Prevención del Suicidio.

Los datos que aporta Filosi en nuestra edición de ayer son escalofriantes.

El índice de suicidios cada 100 mil habitantes coloca a Uruguay entre los 10 peores países del mundo en la problemática y segundo en América Latina.

Contra la cómoda e irresponsable postura ultraliberal que reivindica el derecho de cada uno de hacer lo que quiera con su vida, incluso anularla, hay que aclarar que quien toma una decisión de esta índole no lo hace en ejercicio pleno de sus facultades y libertad personal, sino bajo el efecto de un trastorno psicológico que nubla su libre albedrío.

Suponer que una persona que acaba de perder su trabajo o al amor de su vida o su reputación o que está siendo hostigada por compañeros de estudios y trabajo en forma constante, se autoelimina como consecuencia de una decisión racional revela, en el mejor de los casos, una ingenuidad ignorante y, en el peor caso, una despreocupada complicidad con la tragedia.

¿Quién no ha sabido de suicidios en su entorno familiar o social, motivados por depresiones de las que la víctima no había encontrado salida?

¿Quién no ha escuchado una y otra vez esas falacias tan populares como estúpidas, de que “intentan matarse solo para llamar la atención” o “si lo anuncian, nunca lo concretan”?

La escasa presencia del tema en los medios de comunicación no se debe al otro lugar común, según el cual “si se lo menciona, se lo está promoviendo”. Se debe pura y exclusivamente a que es un tema tan duro que siempre es impopular: no genera los mismos clics que produce informar por qué se separaron Natalia Oreiro y Pablo Echarri; incomoda al lector, lo hace dar vuelta la página con la misma rapidez con que se aprieta el control remoto cuando aparece en pantalla un niño famélico.

Subidos a la ola de la cultura del espectáculo, tratamos de reírnos o escandalizarnos con temas menores o que nos resulten lo suficientemente ajenos, lejanos a nuestra zona de confort.

Hablar del suicidio, de anular lo único verdadero que tenemos que es la vida, nos coloca automáticamente en una dimensión trascendente que hace chirriar todas nuestras falsas seguridades y débiles convicciones y certezas.

Es un espejo en el que no queremos mirarnos; por eso los expertos se han visto obligados a instalar estos “días de prevención” que constituyan una o dos excusas anuales para que nos atrevamos a enfrentar esa realidad.

El oprobioso auge del suicidio en nuestro país va de la mano de otros récords vergonzantes en una sociedad aparentemente amortiguadora que, sin embargo, naturaliza una y otra vez escenarios de violencia: femicidios, bullying, mobbing, barrabravas, picadas de vehículos y accidentes de tránsito, adicciones, atentados contra indigentes… Es el lado B de una sociedad que se dice culta, pacífica y solidaria, pero demuestra en todos estos temas un desprecio primitivo por valores esenciales.

La psiquiatra Laura Sarubbo, en la nota de ayer, dio cuenta de que “el 90% de las personas que se suicidan tienen un trastorno psiquiátrico”, con un alto porcentaje de depresiones. El restante 10% puede estar dado por móviles racionales de quienes no encuentran una salida a determinado atolladero vital. Y no faltan quienes toman la decisión desde una perspectiva filosófica, de absoluto desapego por la existencia. Me viene a la mente una secuencia terrible de aquel gran clásico del cine que fue La dolce vita (1960) de Federico Fellini. Alain Cuny interpretaba a Steiner, un intelectual que había caído en tal pesimismo existencial, que termina asesinando a sus pequeños hijos y quitándose la vida. Ignorante de lo sucedido, su esposa se ve interceptada por una multitud de fotógrafos que la acosan cuando ella retorna de hacer las compras y nada le explican: solo disparan constantes flashes que a ella la hacen creer, risueñamente, que se ha convertido en una celebridad.

Una amarga síntesis de la trivialización mediática con que se sigue frivolizando esta tragedia humana.

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