Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Naturalizando el Uruguay lumpen

Jamás me informo sobre fútbol, es un tema que no me interesa. Por eso me sorprendió un titular que pasó por mi vista ayer en la web de este diario: el golero de Cerro Largo se deshacía en disculpas a toda la parcialidad de Nacional, por haberles mostrado “cinco dedos”.

Como consecuencia de esa acción, para mí tan enigmática, había recibido en su celular cientos de insultos, incluyendo amenazas de muerte para él y su hijo de seis años.

Comprenda el lector mi sorpresa, desde mi total desconocimiento de los códigos del fútbol: un muchacho muestra su mano abierta a una tribuna, recibe esas amenazas y, en lugar de hacer la denuncia correspondiente, ¡pide disculpas! Dos de mis hijos me pusieron al tanto del contexto: el golero es hincha de Peñarol. Mostrar los dedos con la mano abierta alude al quinquenio y a cierta vez en que los aurinegros golearon cinco veces a Nacional. En el marco de un partido que pierden los bolsos, el gesto constituye una provocación. Bardear al contrario es atizar una carga acumulada de odios que ha costado ya varias vidas humanas; por eso se arrepintió de lo que hizo.

La anécdota me parece significativa: constatar que en la irracionalidad generalizada de la filosofía barrabrava, ya existen códigos gestuales que nos parezcan incomprensibles a los neófitos. Una persona puede enojarse con otra porque esta le muestra el puño cerrado con el dedo cordial en alto. Pero ahora resulta que una hinchada entera amenaza de muerte a un niño en respuesta a su padre, por mostrarle la palma de la mano abierta. Y lo más sorprendente es que todos terminamos naturalizando que el ofensor no debió haberlo hecho, y nada decimos de las hordas que expresaron desde el anonimato semejantes salvajadas.

Tampoco nos sorprende que, en el plano político, la vicepresidenta de la República augure “una enorme movilización social” si Lacalle gana la elección del 24. Es una amenaza bastante similar a la de los barrabravas: no anticipa un crimen, pero sí un estado de conmoción interna que tiene más visos de profecía autocumplida que de argumento preelectoral.

“Viva la revuelta en Chile”, grita un grafiti en la parada de ómnibus de la esquina de mi casa. En países democráticos, donde las ideas se imponen por la sola fuerza del voto, hay grupos que se organizan no para hacer oír pacíficamente sus críticas al gobierno y persuadir a los ciudadanos, sino para incendiar vagones de subte y saquear supermercados. Lo curioso es que no roban harina ni azúcar, sino televisores 40 pulgadas. El gobierno saca a la calle a la policía militarizada, la represión se pasa de rosca contra manifestantes inocentes y las redes sociales se llenan de fotos denunciando los estragos del “neoliberalismo”.

La canción es la misma. Llamar a la asonada es siempre un buen negocio cuando la vía democrática no resulta favorable. Y la injustificable violencia del Estado que daña a personas inocentes, es intencionadamente utilizada para seguir alimentando la hoguera de la intolerancia.

Los dos ejemplos son muy significativos del Uruguay actual: en uno, se responde a la ofensa con amenazas de muerte. En el otro, se intenta evitar un resultado electoral adverso, propiciando una asonada. Y ambos tienen un denominador común: el desprecio por la razón y la apelación a los instintos más primitivos y deleznables del ser humano.

Hubo un tiempo en que la cultura era un signo distintivo de nuestra sociedad. En los cafés se discutía de política y filosofía. Las aulas de la enseñanza pública integraban en armonía a los distintos niveles sociales, en lugar de ser depósitos de chiquilines vulnerados. El fútbol era una fiesta de identidad nacional y no un negocio basado en excitar fanatismos. La televisión exaltaba valores culturales y éticos, en lugar de devanarse por reflejar los gustos más superfluos y vulgares de la audiencia.

Todo eso se ha ido perdiendo y no por culpa de un partido político, corporación o empresa. Ha sido un proceso lento e inexorable de deterioro de los valores que nos diferenciaban como nación.

Esta evidencia debería ser suficiente para convencer al sistema político de que los problemas del país no se limitan al déficit fiscal y la competitividad del sector productivo. Una de las prioridades del gobierno del cambio, si así lo indican las urnas el próximo 24 de noviembre, deberá ser el restablecimiento de la cohesión sociocultural perdida.

Nos quejamos de la basura que esparcen las redes sociales, negándonos a admitir que es un reflejo fiel del nivel cultural y ético de la sociedad que la produce. Abrimos las puertas de par en par al consumismo, pero no forjamos desde el Estado un contrapeso moral de ese tsunami utilitario. Ese mensaje que recibimos permanentemente de quienes se empeñan en demostrar que vivimos mejor, no por ser más cultos y críticos, sino porque compramos más celulares y autos chinos.

Una política cultural proactiva, que rearme la devastada identidad nacional y promueva una ética de la convivencia: misión principal del nuevo gobierno, para deslumpenizar al país.

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