Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Naranja mecánica

Impresiona la similaridad de la crónica policial actual en este país, con la distopía novelada por Anthony Burgess en 1962, que Stanley Kubrick llevó al cine en forma magistral en 1971.

La naranja mecánica describe un futuro de pesadilla, en torno a una pandilla juvenil que practica la llamada "ultraviolencia", más que como un medio de vida al margen de la ley, como un entretenimiento.

El linchamiento del cuidacoches en Pando me hizo evocar inmediatamente al del mendigo en un túnel, que muestra aquella película. El atroz abuso sexual que un delincuente ejerció en un copamiento, en presencia de la familia de la víctima, me retrotrajo también a la escena en que Alex, el protagonista de la película, viola y mata a una mujer ante su marido maniatado. Cuando veíamos este clásico del cine, admirábamos la imaginación de Kubrick y su puesta en escena de una paradójicamente refinada crueldad. Pero el presente parece hacer realidad aquella distopía. Como la pandilla de Alex, los delincuentes de hoy también están estupidizados por la droga, y también se expresan en un lenguaje paralelo que solo ellos entienden.

La ultraviolencia actual no es exclusiva de determinado segmento socioeconómico. Basta ver lo que pasó en Argentina con los rugbistas que asesinaron a un chiquilín a la salida de una disco, para entender que la saña criminal está instalada en todos los niveles, naturalizada por esas estúpidas películas y series de televisión que romantizan a los psicópatas, presentándolos como víctimas de la sociedad.

La apuesta creativa de Kubrick apuntaba a repugnar al espectador, como forma de sensibilizarlo sobre la debacle de los valores de convivencia.

La actual industria del entretenimiento hace lo contrario. Recoge marquetineramente la sed de sangre de un público anestesiado por la violencia habitual que reproduce la agenda informativa, y la traduce en fábulas pueriles, que en lugar de condenarla la justifican, echando mano a torpes esquematismos ideológicos.

Y mientras ocurre todo esto, mientras en Uruguay 10 tipos asesinan a un cuidacoches que quería evitar el hurto de una moto, el debate público se enfrasca en confundir "hechos" con "personas" de apariencia delictiva. Y el intendente de todos los montevideanos, luego de frivolizar el tema divulgando una foto suya trucada, sale a explicar a los que lo criticaron "por izquierda", que no lo hizo para "bebotear" (sic).

Usan la tragedia de Pando para fortalecer un relato de ricos contra pobres, pero omiten admitir su propia responsabilidad en que aún existan indigentes en situación de calle. Por el contrario: han dictado "cursos para cuidacoches", naturalizando un seudo oficio de mendicidad encubierta, que es inhumano e insalubre.

Si desde las autoridades con mayor responsabilidad no se toma conciencia que el tema se fue de madre, si una murga popular, en lugar de denunciar esta masacre de gente inocente, se ríe de la "cara de sorete" de un político o de los "dientes limpitos" de la esposa de otro, entonces culturalmente estamos perdidos.

Claramente, traemos al mundo real la distopía de aquel clásico del cine. Pertenezco con orgullo a una generación que derrotó a la dictadura. Creo que llegó el momento de combatir con la misma convicción la dictadura del entretenimiento, este clima generalizado de exaltación de la bajeza, frivolización del delito e insensibilidad ante el dolor del prójimo.

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