Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

El otro muro

Hace unos días analizábamos en esta columna un punto en común que han tenido declaraciones recientes del presidente José Mujica, el ministro Daniel Olesker y la futura secretaria de Estado Marina Arismendi. La elevación del atorrantismo a un estatus de virtud, la afirmación de que el trabajo no dignifica y la identificación de las contraprestaciones al asistencialismo estatal con una forma de culpabilizar a los pobres, comparten a nuestro juicio un preconcepto que no tiene todo el gobierno, pero sí algunos de sus representantes más conspicuos: que el hábito de trabajo y el espíritu de sacrificio no son valores en sí mismos.
Cuando uno busca otras referencias de esta forma de pensar, no puede menos que encontrarse con unas muy comentadas declaraciones recientes del cineasta argentino Damián Szifrón, responsable de la excelente película “Relatos salvajes”, nominada al Oscar.

Hace unos días analizábamos en esta columna un punto en común que han tenido declaraciones recientes del presidente José Mujica, el ministro Daniel Olesker y la futura secretaria de Estado Marina Arismendi. La elevación del atorrantismo a un estatus de virtud, la afirmación de que el trabajo no dignifica y la identificación de las contraprestaciones al asistencialismo estatal con una forma de culpabilizar a los pobres, comparten a nuestro juicio un preconcepto que no tiene todo el gobierno, pero sí algunos de sus representantes más conspicuos: que el hábito de trabajo y el espíritu de sacrificio no son valores en sí mismos.
Cuando uno busca otras referencias de esta forma de pensar, no puede menos que encontrarse con unas muy comentadas declaraciones recientes del cineasta argentino Damián Szifrón, responsable de la excelente película “Relatos salvajes”, nominada al Oscar.

En un programa de Mirtha Legrand en que se habló sobre la inseguridad pública, Szifrón sorprendió a la conductora y sus invitados con declaraciones como estas: “Yo, si hubiese nacido muy pobre, si viviera en condiciones infrahumanas, si no tuviera las necesidades básicas cubiertas, creo que sería delincuente, más que albañil”. Argumentando este extraño razonamiento agregó que “vivimos en un sistema global que requiere de gente pobre. El capitalismo es así, se basa en esa desigualdad. Este sistema necesita que haya gente pobre para que haga esos trabajos. Hay gente que está criada para producir, y después hay gente que está criada para comprar cosas, la clase media. Alguien fabrica las cosas que compramos en los shopping centers”.

A mí todos los días me sorprende la manera como han hecho carne en nuestros países ciertos prejuicios idelógicos, coartadas simplistas e irracionales para explicar realidades económicas complicadas: la pobreza sería el fruto de una conspiración de los ricos, o la delirante concepción de que el crecimiento del consumo perjudica a los pobres cuando es exactamente al revés.

Quien manifiesta tan elementales disparates no es una persona ignorante, que se haya visto impedida de acceder a un mínimo nivel cultural y sentido crítico. Se trata de un talentoso director de cine. Por la misma época, otro brillante artista argentino, el actor Mike Amigorena, propuso a través de los medios que si pudiera gozar de un día de impunidad, “mataría a un delincuente”. Vaya debate sobre la inseguridad que nos están proponiendo estos creadores argentinos: uno incentiva a los chorros, el otro propone su exterminio.

Casi tres décadas después de la caída del muro de Berlín, en nuestros países seguimos pensando dentro de moldes caducos, seguimos construyendo otro muro, aún más alto que aquel: el de la soberbia ignorante y burra.

¿Dónde está el origen de estos prejuicios? ¿Qué propaganda fue tan poderosa como para formatear estos cerebros? Tal vez una de las respuestas esté en un artículo que publicó el anarquista expropiador italiano Severino Di Giovanni, famoso por su prédica antifascista, pero también por hurtos y atentados de inusitada crueldad. Escribe Di Giovanni en la segunda década del siglo XX: “Todos vosotros sabéis que el trabajo honrado, el trabajo que no explota a otros, no ha creado nunca, en el presente sistema, el bienestar de persona alguna y mucho menos su riqueza, puesto que esta es el fruto de la usura y de la explotación, las cuales no se diferencian del crimen más que en las formas exteriores. (…) Es necesario combatir el trabajo material, reducirlo al mínimo, volverse vagos mientras vivamos en el sistema capitalista bajo el cual debemos producir. El ser trabajador honrado, hoy día, no es ningún honor, es una humillación, una tontería, una vergüenza, una vileza”.

Esta prédica se hacía en el mismo momento en que llegaban a Uruguay y Argentina corrientes migratorias de trabajadores honrados, que venían a nuestros países a labrarse un porvenir en base a esfuerzo y sacrificio, con la esperanza de que la segunda generación accediera a una educación liberadora. Construyeron barrios y ciudades, abrieron empresas, fundaron sindicatos, influyeron en la sanción de leyes que consagraron nuevos derechos, mientras que los pregoneros de la guerra de clases no concretaban otra cosa que la siembra de una semilla de escepticismo y simplificación ideológica, que lamentablemente aún tiene vigencia.

La gran batalla cultural que debemos librar en nuestros países, y a la que la misma izquierda triunfante debería dar prioridad, consiste en desarticular esos reflejos condicionados. Recuperar la mística del trabajo y la educación como factores genuinos de movilidad social y demostrar el vacío de un discurso que perpetúa la pobreza en lugar de combatirla y anestesia el pensamiento crítico e innovador. 

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