Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

La mística de no aflojar

No es intención de esta columna opinar sobre la pertinencia o no de pintar consignas políticas en edificios públicos. Menos aún analizar si la frase “Hay orden de no aflojar” pertenece a la esfera de lo partidario o la trasciende.

Siento en todo caso que la discusión sobre la iniciativa de los policías de Zona Operacional V es muy menor. Larrañaga era un enérgico defensor de la legalidad y embarcarse en una discusión jurídica para homenajearle, resulta un contrasentido en el que no vale la pena caer.

Lo que sí me interesa analizar aquí es el impacto que produjo esta consigna, desde que Nicolás Martinelli la recordó en Twitter, compartiendo un video de la campaña de 2009 donde el ahora fallecido, con una sonrisa en los labios, decía que “me parece que hay que impartir la orden, la orden que siempre tenemos, la orden que siempre preside nuestros actos, que nos da alegría, fortaleza, nos tonifica, nos determina, nos proyecta, nos impulsa... que es la orden de no aflojar. ¡De no aflojar, de no aflojar!”

Es impresionante la vastedad polisémica de ese mandato. Para Larrañaga significó en un momento resiliencia contra la adversidad electoral; para la policía bajo su mando, en el último año, motivación en la lucha contra el narcotráfico y la barbarie delictiva que desencadena. Pero la orden trasciende esos objetivos prácticos y resuena también en el dolor de una sociedad malherida por la pandemia. Su invocación al esfuerzo constructivo contrasta con la insidia de los mercaderes del miedo, que parecen aprovechar la crisis sanitaria para pescar votos en la pecera de la angustia colectiva.

Y el mandato es, más allá de cualquier circunstancia coyuntural, una enseñanza de vida. Muchas veces hemos escrito sobre esa lucha porfiada y desigual contra la adversidad, que parece estar en los genes de nuestra nación. Desde el éxodo de 1811 hasta el plebiscito de 1980, no hay gesta heroica uruguaya que no se explique por una rebeldía visceral contra una injusticia que parece invencible. Vale tanto para los dos lanchones que desembarcaron en la playa de la Agraciada en 1825, como para los 16 sobrevivientes del accidente aéreo en los Andes de 1972. Forma parte de nuestra historia deportiva, con la victoria de Maracaná contra todo un estadio, y también de la cultural, con Jorge Drexler cantando su canción a capella con el Oscar en la mano, después de que los productores de la ceremonia se la hicieron entonar a Antonio Banderas contra la voluntad del autor.

Tal vez el David de la explanada municipal sea una metáfora de esa vocación tan nuestra de enfrentar a Goliath. A veces ganamos y otras perdemos, pero en tenaz obediencia a la apelación de Larrañaga, nunca aflojamos.

Por eso, más que sumar una voz redundante en el homenaje a un político excepcional, quiero extraer de esta experiencia una conclusión política.

En toda estrategia de comunicación electoral, se tiene en cuenta el valor supremo de la emoción como determinante de la decisión ciudadana.

La adhesión partidaria o la capacidad de seducción de un líder no surgen tanto de un análisis racional de programas de gobierno, sino que están embebidas en sentimientos, que pueden haber sido sembrados a lo largo de generaciones o matrizados de golpe, en reacción a sucesos históricos.

El Uruguay del siglo XIX es un claro ejemplo de un devenir político signado no ya por emociones, sino por la pasión tempestuosa que generaban las divisas tradicionales. Una pasión tantas veces desbordada en tragedia, como en la matanza de Quinteros, el fusilamiento de Leandro Gómez y el doble magnicidio de Venancio Flores y Bernardo Berro. Sería imposible entender el protagonismo batllista en el país del siglo pasado, sin analizar el impacto emocional que produjo el suicidio de Baltasar Brum.

Uno a uno, son acontecimientos históricos que graban a fuego la sensibilidad ciudadana, con una contundencia infinitamente mayor a la influencia del debate político e ideológico.

Desde 1985 en adelante, y como resultado de la cruenta represión sufrida durante la dictadura por sus líderes y militantes, podría decirse que el FA casi se adueñó del espacio de la adhesión emocional, lo que constituyó el mayor capital para llevarlo al gobierno a partir de 2005. El último caudillo carismático de los partidos fundacionales, Wilson Ferreira Aldunate, fallece en forma prematura y, de forma casi automática, estas colectividades se autoposicionan en la vereda de la racionalidad, con líderes como Sanguinetti, Batlle Ibáñez y Lacalle Herrera.

Y del mismo modo que el FA gana en tres períodos a caballo de canciones que son sentimiento puro, como “Todo cambia” y “A redoblar”, su declive se produce por errores y falencias en la praxis de gobierno, sumados a un mística liberal que vino del interior, al galope.

La consigna de Jorge Larrañaga, expresiva de su propia pasión, abre una nueva etapa en este plano simbólico: restituye una mística que los partidos fundacionales deberán seguir abonando.

También en este desafío, deberá haber orden de no aflojar.

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