Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Por mí, quémenla

Anteayer, el primer comentario de un lector a la primicia de El País sobre el incendio de la catedral de Notre Dame, fue la conocida cita de Kropotkin: “la única iglesia que ilumina es la que arde”, acompañada de un “jejeje”.

Sin ser creyente, debo reconocer que el comentario me produjo una indignación tal que estuve tentado de responderle con un insulto. Pero me dije, no vale la pena irritarse por una expresión aislada de una persona que, seguramente por ignorancia, no dimensiona el desastre que significa la pérdida de este ícono del patrimonio cultural de la humanidad. Sin embargo, mientras seguía la tragedia en las redes sociales, comprobé que ese anarco trasnochado no era un caso aislado. En cambalache discepoliano, fue apareciendo una pléyade de ingeniosos que relativizaron o lisa y llanamente se mofaron de la catástrofe.

Algunos mostraban fotos de ciudades sirias bombardeadas por Francia, apelando a la muy uruguaya falacia de falsa oposición: como si a quien se conduele por la pérdida de la catedral, no le importaran los desastres de las guerras. Como si las innumerables generaciones de obreros, artesanos y artistas que pusieron su esfuerzo y su genio mancomunado en esa obra mayor, muchos de los cuales ni siquiera llegaron a verla terminada en vida, debieran hacerse co-responsables de un bombardeo contemporáneo. Como si la pérdida de un monumento de la cultura mundial, que había sobrevivido ocho siglos, fuera el merecido castigo a la reciente política exterior del país donde se encuentra.

Otros atribuían a las llamas el don de sancionar a los curas pedófilos. Aunque parezca increíble, esa soberana estupidez se leyó con tanta frecuencia, que nos hizo preguntar cómo era posible que hubiera tanta gente sin las mínimas referencias para reconocer lo que significaba la catedral de Notre Dame en la historia, la literatura y el arte. ¿Qué nos pasó a los uruguayos? ¿Cuándo explotó esta bomba de burrez? ¿Esto es el apogeo del relativismo cultural? Creo que es el emergente de algo aún peor, que aquel relativismo parió un nuevo paradigma, donde el reflejo tribal predomina sobre la racionalidad, la ética y la sensibilidad. ¿Qué me importa Notre Dame, si no soy católico? Por mí, quémenla. ¿Qué me importa La última cena de Leonardo, La Pietá de Miguel Ángel y el Cristo de Velázquez, si no comulgo con la religión que los inspira? Por mí, quémenlos. A esa estrechez mental se suma otra lepra que las redes sociales contagian con sorprendente velocidad: la de creerse ingenioso, la de posar de original por contradecir lo que supuestamente defiende la mayoría. En realidad, ese desdén por la cultura no tiene nada de contracorriente, sino que más bien se adscribe a todos los lugares comunes de la ya vieja y siempre petulante posmodernidad.

Decidieron abolir los cánones estéticos tradicionales pero los reemplazaron inmediatamente por otros: un mercado artístico donde, por ejemplo, exponen a un perro atado muriendo de hambre y dicen que ese sufrimiento es arte. La consagración mundial de gurúes cuya filosofía de bolsillo no pasa de las obviedades del protagonista de “Desde el jardín” de Jerzy Kosinski. Y la triunfante religión del éxito, en que las películas no valen por su calidad estética y filosófica sino por sus descargas en Netflix. Cuántos cambios educativos y política cultural habrá que emprender en este país para tratar de salvar lo que ya parece irrecuperable.

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