Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Mesa de tres

La ascendente irrupción del ex Comandante en Jefe Hugo Manini Ríos en la carrera electoral, permite hacer interesantes comprobaciones.

Fernando Andacht acuñó el concepto “batllismo ambiental” para referirse a la ideología dominante en el país de la posdictadura, y no hay duda de que en los últimos años, el concepto mutó a un “frenteamplismo ambiental”.

La estrategia gramsciana que promovió el esquema “oligarquía-pueblo”, operó con fuerza en nuestro país y en el resto de América Latina.

El frenteamplismo ambiental que campeó en los últimos veinte años, implicó un gigantesco desafío de reposicionamiento para los partidos fundacionales.

La renovación de liderazgos trajo consigo una notoria reubicación ideológica. Las viejas estructuras catch-all del pasado devinieron -a impulsos de la reforma del 96- en partidos con propuestas mucho más coherentes. Antes abrían el abanico entre Aguerrondo y Wilson, entre Pacheco y Vasconcellos. Pero ahora todos se concentran en el espacio más preciado: el centro político. Es la respuesta a una clara victoria de la cultura frenteamplista: quien quiere alcanzar el poder, dentro del espectro opositor, no se permite el riesgo de ser tildado de derechista, neoliberal o facho. ¡Hasta “liberal” es mala palabra!

Los liderazgos emergentes de blancos y colorados han sido los que mejor sintonizaron con un cierto progresismo, que pone el énfasis en las políticas sociales y se cuida de agitar las aguas en temas tabú como las jubilaciones y las empresas públicas. Nadie habla de privatizaciones: más que mala palabra, son un anatema.

Un buen ejemplo de esto es el lío en que se metió Talvi al mencionar que hay 70.000 empleados públicos sobrantes, sin recursos que los justifiquen. Son esos raptos de sinceridad que se puede permitir en Argentina un showman como Javier Milei, pero que a un candidato a la presidencia de Uruguay, lo exponen a más riesgos que adhesiones.

Y en ese contexto, con partidos históricos que se pasan de cuidadosos, aparece por derecha un militar rebelde, que habla poco pero promete “terminar con el relajo”. Y no tiene que decir mucho más, porque su parquedad expresa más que cualquier discurso florido. Un porcentaje importante de votantes de derecha encuentra al fin al candidato que los representa y se dio la curiosidad de que, sin competencia interna, el partido de Manini se convirtió en la cuarta fuerza, una performance que las encuestas siguen confirmando.

¿Es bueno o es malo para los intereses de los partidos fundacionales?

Electoralmente tal vez sea muy conveniente: al FA le costará más dibujar colmillos de vampiro a Lacalle y a Talvi, quienes con este envión de Manini, quedan cómodamente instalados en el centro del espectro. La pérdida de votantes de derecha, la compensan porque se hacen más atractivos para el izquierdista defraudado, a quien, por distintos caminos, procuran cortejar. Sin duda uno de los más perjudicados ha sido Novick, que apostó fuerte al tema seguridad pública y ve ahora como aparece alguien que encarna ese objetivo con enorme convicción y casi sin abrir la boca.

Pero lo que es bueno en el cálculo electoral, puede ser complicado a la hora de gobernar. ¿Cuánto peso adquirirá el partido de Manini en un futuro gobierno de coalición? ¿Qué poder de negociación tendrá para imponer sus ideas o trancar las de los demás partidos? El desafío del votante liberal parece consistir en fortalecer una mesa de tres: Lacalle, Talvi, Mieres.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados